Emilio Puente Segura

LOS JUGUETES ROTOS ACABAN SIEMPRE EN UNA BOLSA DE BASURA. 5

 

                                                                           


 

                                                                     Capítulo 5

 

Comisaría

09.25 a.m.

 

No pasaba inadvertido entre las numerosas personas aglutinadas en el ascensor. El joven sacaba una cabeza al más alto de todos. Vestía un elegante traje azul marino recto de dos botones y corbata del mismo color con diminutos topos blancos que creyó sería lo más oportuno para la ocasión. La gabardina beige oscuro estaba empapada y la llevaba doblada sobre el antebrazo izquierdo.  

   Miró el reloj, llegaba a la cita casi una hora más tarde de lo acordado. El maldito tráfico navideño se había complicado por un inesperado chaparrón. Y encima, no había ningún espejo en el ascensor donde mirarse para poner en orden su cabello mojado. Aparte del nerviosismo lógico por el retraso, se encontraba expectante y ansioso ante lo que le podía deparar el día. Sin duda, un día muy especial para él. 

Estrenaba ascenso, y un nuevo destino. Llevaba en la policía ocho años. Tenía veintiséis. Había trabajado mucho y dormido poco, al tener que estudiar por las noches para conseguir avanzar en el escalafón policial hasta llegar a ser subinspector. Y la guinda que acabó de adornar el pastel, fue darse de bruces con la suerte al poner en su camino esta plaza libre en Homicidios por una reciente jubilación.

Las puertas del ascensor se abrieron en la segunda planta de la comisaría. Salió a un amplio corredor, miró a la izquierda, luego a la derecha, enderezó el pase que llevaba prendido en el bolsillo superior de la chaqueta, y se echó el flequillo hacia atrás, en un intento vano de colocarlo en su sitio. 

Una mujer uniformada, con el pelo teñido de color caoba, se acercaba con rapidez hacia él absorta en la pantalla de su teléfono móvil. No pudo evitar ser atropellado por esa especie de conductora suicida con traje de policía. En el choque, el móvil se escapó de su mano y terminó rodando por el suelo.

--¡Perdone, no la he visto venir! --se disculpó el joven.

Ella, de unos cuarenta años, senos generosos que a duras penas lograban ser domados por la ceñida camisa oficial del cuerpo de policía con los botones desabrochados estratégicamente hasta dejar a la vista buena parte de la insinuante mercancía, dejó de mirar el teléfono que yacía sobre la loseta gris azulado, y elevó la vista para clavar sus ojos portadores de una mezcla de odio y asco en los ojos del joven. Al parecer, mirar sus ojos verdes surtió un efecto sedante casi inmediato en la mujer que, poco a poco, cambió esa mirada que decía: “¡Estúpido! ¿Eres consciente de lo que acabas de hacer?” Por otra en la que apenas se notaba “un ligero malestar.”

 Examinó de arriba a abajo la figura del que hasta hacía unos segundos era su peor enemigo y, cuando volvió a mirarle a la cara, su mirada ya sólo plasmaba la atracción que comenzaba a provocar en ella ese hombre que rezumaba feromonas por cada poro de su piel.

El joven recogió el móvil del suelo y se lo entregó a la serpiente de uniforme que seguía manteniendo sobre él esa mirada de ofidio a punto de devorar a su víctima.

--Espero que siga funcionando. Si hay algún problema yo corro con los gastos. La culpa ha sido mía, estaba distraído. De verdad que lo siento.

--¡Oh, no! No se preocupe. --repuso ella con tono meloso y colocándose el cabello--. El teléfono es una castaña. Estoy deseando que se estropee para cambiarlo por otro pero..., creo que este móvil tiene una maldición, dura toda la vida, es irrompible. Además, no debería ir tan deprisa por los pasillos sin mirar hacia delante, --está claro, que es un pecado imperdonable perderse según qué cosas, le hubiera gustado añadir.

--¿Viene de visita? --dijo en su lugar. 

--Bueno, sí y no… Hoy vengo como visitante, pero con la intención de quedarme por mucho tiempo.

--¡Oh! Le advierto que una comisaría no es el mejor sitio donde estar mucho tiempo. --se rió de su propio sarcasmo--. ¿Si necesita que le ayude en algo... Que le oriente... Necesita información especial, o el acceso a algún documento top secret? --añadió entornando los ojos, con una visible segunda intención en su benévolo ofrecimiento--. Aunque si le diera a usted información que pudiese poner en peligro la Seguridad Nacional, sabe que después me vería obligada a… --hizo una pausa para humedecerse con la punta de la lengua la comisura derecha--. ¡Eliminarle! --sus ojos adoptaron un brillo especial al imaginarse de qué distintas maneras podría llevar a cabo semejante “trabajito”--. ¡Eso sí..! Le aseguro..., que no sentiría ningún dolor.  

El joven visualizó en su mente a una Mantis Religiosa hembra después de un placentero encuentro sexual, asegurando al desdichado amante que no sentiría ningún dolor, justo un segundo antes de arrancarle la cabeza de un mordisco. 

Abrumado por lo embarazosa que comenzaba a resultar la situación, pensó que ya llegaba demasiado tarde como para perder más tiempo asistiendo educadamente a ese absurdo ritual de apareamiento más propio del Nathional Geografic.

--Es usted muy amable. --dijo esbozando una sonrisa falsa--. La información que necesito no es tan importante como para que sea preciso llegar tan lejos. Únicamente saber cómo puedo llegar a  Homicidios.

Le indicó el camino. Cuando hubo terminado sus explicaciones el joven le dió las gracias disponiéndose a recorrer el ancho pasillo hacia la dirección que acababa de facilitarle. 

--¡Perdone..! 

No dio ni dos pasos, cuando de nuevo esa voz se clavó en su espalda como un cuchillo afilado.

--Ha dicho que esperaba quedarse por mucho tiempo. ¿Eso significa que va a trabajar con nosotros? --preguntó con interés.

--Sí. Si logro llegar antes de que alguien se arrepienta de haber proporcionado este destino a un irresponsable que se atreve a llegar una hora tarde el primer día de trabajo. --se volvió para seguir su camino.

--¡Disculpe! No quisiera entretenerlo. Sólo una cosa más. --se acercó hasta él--. Me llamo Viviana. --le tendió la mano.

--Encantado. Yo me llamo Osvaldo.

--Mucho gusto. ¿Qué le parece si prescindimos de los protocolos y nos  tuteamos? Ya que vamos a ser compañeros…

--Bien, me parece bien, pero…, discúlpame Viviana, no quisiera ser grosero, sólo, que necesito llegar cuanto antes a mi destino.

--Lo entiendo. No hay problema. Para lo que necesites estoy a tu disposición Osvaldo. Recuérdalo, extensión 211. Para lo que necesites ¿Ok?.. 211. --mostró el puño con el pulgar  hacia arriba.

--Ok. No lo olvidaré. Has sido muy amable Viviana. Ya nos veremos. --Osvaldo se alejó exhalando un suspiro de alivio.

Viviana reprimió unas enormes ganas de darle un cachete en el culo. Adonde no dejó de mirar mientras su dueño se alejaba por el pasillo.

Osvaldo se detuvo antes de entrar en las dependencias de Homicidios, se ajustó la corbata y paseó la vista lentamente, ese,  sería en el futuro su lugar de trabajo. 

En el interior, las voces, el vaivén del personal y el sonido característico de los dedos percutiendo sobre el teclado de los ordenadores, se entremezclaban formando el típico rumor que identifica a cualquier oficina en horas de trabajo. Avanzó unos pasos hasta que una extraña sensación comenzó a adueñarse de su estómago. Se detuvo de nuevo. Pensó que, seguramente, eso sería lo más parecido a lo que siente un actor ante el inminente estreno de una obra de teatro.

Michelle salió de la salita de descanso con una bandeja de plástico negra decorada con la imagen de una geisha rodeada de plantas japonesas y cuatro grullas sobrevolando el cielo por encima de su cabeza. En ella llevaba una taza por cuyo borde colgaba la etiqueta comercial de alguna clase de infusión que se ocultaba en su interior. Una pequeña tetera con agua hirviendo, sacarina, y pastas variadas. Llamó su atención la presencia de un joven con el pelo mojado y desordenado, parado en la entrada de la oficina con aspecto de estar perdido.

 Parecía un corderito. Tímido, frágil, como dejado sin previo aviso en medio de un prado solitario y desconocido para él. A Michelle nunca se le escapaba ni un mínimo detalle que rompiera con la hegemonía del paisaje de ese pequeño territorio, en el que se movía todos los días desde hacía cuatro años, y el muchacho, precisamente, no pasaba desapercibido. Recordó que esa mañana tenía que incorporarse un nuevo compañero.  

Sometió al recién llegado a un rápido escaneo físico mientras iba acercándose hacia él para ofrecerle su ayuda. Bastante atractivo por cierto. Alto, cuerpo musculado, rubio.. Vestía un traje azul marino que, sin lugar a dudas era muy elegante, pero no parecía la ropa ideal para ejercer la profesión de policía. No le veía corriendo de una manera cómoda detrás de los delincuentes. 

Michelle le sonrió abiertamente.

--¡Hola! Tú debes ser el “nuevo” si no me equivoco. 

El joven frunció el ceño ante el adjetivo. De primeras le resultó ligeramente descalificativo viniendo de alguien que ni siquiera le conocía, pero viendo después la sonrisa limpia y acogedora en esos labios que formaban parte de un rostro tan angelical, estuvo seguro de que el adjetivo hacia su persona no tenía ni mucho menos el ánimo de ofender, simplemente, se ajustaba a la realidad.

Relajó el gesto  y se rió.

--Me llamo Osvaldo Blanchard y efectivamente... soy el “nuevo”. 

--Disculpa por lo de “nuevo”... Sólo era una forma de hablar. Yo soy Michelle, secretaria personal del comisario Gálvez.

--Encantado.--extendió la mano para estrecharla con la suya, sin darse cuenta de que las tenía ocupadas sosteniendo la bandeja--. ¡Oh..! --sonrió, y la retiró rápidamente.

Ella también comenzó a reírse. 

--Perdona que no te dé la mano. --acercó su rostro hacia él con la intención de sellar las presentaciones con un par de besos, y Osvaldo se inclinó gustoso para facilitar la operación a la secretaria--. Es el desayuno del comisario. --dijo mirando la bandeja--. Ahora está atendiendo una llamada, pero cuando acabe se ocupará de ti.

--Espero que no tenga en cuenta el retraso para crearse una imagen mía equivocada. Ya sabes, la lluvia…, las compras navideñas… Sé que es una excusa utilizada por todo el mundo de forma abusiva, pero en este caso no hay otra. -- turbado, se encogió de hombros.

--¡Por Dios..! No tienes que dar explicaciones, no es un cuartel militar. Por otra parte, el comisario Román es el hombre más comprensivo del mundo. Una gran persona, de veras. Es un compañero más. Tú espera en aquella salita del fondo por favor. Puedes colgar la gabardina en el perchero para que se seque un poco, y si te apetece tomar algo caliente mientras tanto, no dudes en hacerlo. Voy a llevar esto antes de que se enfríe. 

Una Coca Cola más tarde y el vistazo fugaz a tres revistas del gremio policial, Michelle abrió la puerta de la salita y dio vía libre a Osvaldo para ver al comisario. 

Tragó saliva, se aclaró la garganta y llamó tímidamente a la puerta del comisario Román Gálvez.

--¡Pase! --gritó una voz ronca desde dentro.

Se entreabrió la puerta y apareció la cabeza de Osvaldo Blanchard. 

--¿Se puede? --preguntó.

--¡Creo que acabo de decir que pase! --bramó el comisario. --¡¿Acaso hablo demasiado bajo para usted muchacho?! 

--¡No señor! ¡Disculpe señor! Soy...

--¡Sé quién es, joder..! No ha entrado usted en un maldito gabinete de videntes chapuceros de esos que no dan ni una. Ha entrado en mi despacho. ¡Y yo... Si no se ha dado cuenta! ¡Yo! --lo pronunció con especial énfasis--. ¡Soy policía, el responsable de esta comisaría, y por cojones..., lo tengo que saber todo, ¡todo!, señor Blanchard. ¿Va a tener algún problema más? --miró a Oswaldo por encima de las gafas de cerca. 

Era su particular manera de dar la bienvenida a los recién llegados. Su pequeña novatada.

--¡No señor..., ningún problema señor! Sólo pensaba que...

--Pensaba, pensaba… --le volvió a interrumpir--. ¡A pensar fuera de mi despacho, aquí sólo pienso yo! Ya tendrá tiempo suficiente para pensar.

Osvaldo recordó las palabras de Michelle: --“Es muy comprensivo, el más comprensivo del mundo. Un gran hombre. Como un compañero más.”-- ¿Estaría refiriéndose a la persona prepotente, dictadora e insoportable que tenía ahora mismo delante?

En ese momento entró alguien en el despacho, Osvaldo Blanchard se hizo a un lado dando un paso lateral y sin mover las manos de donde las había tenido desde el principio, en la espalda, agarrando fuertemente con la derecha la muñeca de la izquierda, sudando el mal trago del momento.

--Buenos días. ¿Dando su particular bienvenida al joven? --saludó irónico el recién llegado

--Señor Blanchard, el caballero maleducado que acaba de entrar sin ni siquiera llamar a la puerta, es el inspector Darío Segré. Inspector Segré, su nuevo y elegante compañero, el subinspector Osvaldo Blanchard. --hizo un esfuerzo por no sonreír, le hacía gracia el aspecto de “gentleman presumidillo” del joven. 

Se estrecharon las manos. La de Osvaldo debió dar gracias por haber podido cambiar de postura y relajarse un instante.

--Mucho gusto inspector Segré.

--Encantado de conocerte Osvaldo, puedes llamarme Darío. --dijo éste sonriendo para distender y dar confianza al nuevo compañero. Notó el sudor en su mano.

Blanchard le devolvió la sonrisa y adoptó de nuevo la posición primitiva de descanso, con las manos a la espalda, mirando al techo del despacho del comisario Román Gálvez.

--¡Bien señores! A partir de ahora muchacho, péguese a este hombre como si fuera un chicle en su zapato. Quiero que sea su sombra, a ver si le enseña algo, aunque sea bueno. Ya son ustedes pareja. --acompañó la frase abriendo los brazos y esbozando una socarrona sonrisa--. ¡Hasta que la muerte les separe!                                                                                                                                                                                   

--¡Así lo haré señor! --confirmó militarmente Osvaldo.

El comisario se levantó.

--¡Ahora..., a trabajar señores! --y cuando se daban la vuelta, añadió: ¡Ah..., Osvaldo..! --el comisario se inclinó por encima de la mesa con el brazo extendido ofreciendo su mano para estrecharla con la del joven subinspector--. ¡Bienvenido..! Y ya puede quitarse ese traje hijo…, creo que le va a resultar incómodo. 

¿Le acababa de sonreír abiertamente..? También le había llamado por su nombre de pila. El comisario, que por algún extraño sortilegio, o como si alguien de repente hubiese accionado un resorte o botón oculto, parecía haberse transformado a modo “Normal person”. Parecía otro hombre. Más cercano. 

Blanchard sospechó que los malos modos y el comportamiento hostil del comisario Gálvez al recibirle eran fingidos, y quizás, en realidad, Michelle no había mentido en sus apreciaciones sobre él.  

Segré abrió la puerta, e invitó a salir primero a Osvaldo con un gesto caballeroso de la mano. 

Afuera reinaba un silencio expectante. El joven se paró, abrumado. Todo el mundo le miraba sin ningún reparo, parecía que en cualquier momento le iban a cantar el “cumpleaños feliz”. 

 Darío Segré rompió el encanto del instante dirigiéndose al personal en voz alta.

--¿Qué pasa chicos? ¿Es que nunca habíais visto un hombre atractivo?

--¿No te referirás a tí..., verdad Darío? --gritó alguien al fondo con tono jocoso. Todos rieron.

--¿Es que hay otro? --bromeó mirando a su alrededor--. ¡Bueno, venga, vale..! ¡A ver, chicas…, un minuto por favor... Comprendo que algunas estáis impacientes! Os presento al subinspector Osvaldo Blanchard. 

Se escuchó de todo y todo entremezclado. Algunos aplausos diseminados. Varios “¡guau!” de las féminas. Los clásicos silbidos de un obrero cuando ve pasar a una mujer bonita. ¿Tiene novia? Preguntaron. Y también se oyeron muchos "bienvenido Osvaldo".

Él, ruborizado como un adolescente tímido que tiene delante a la chica que le gusta y no se atreve a confesarlo, sonreía e inclinaba la cabeza repetidamente.

--¡Gracias… gracias..! ¡Sois todos muy amables…, gracias. Encantado…, gracias chicos!

--¡Pero ahora, señoras y señores, y sintiéndolo mucho se viene conmigo!  --anunció Segré--. ¡Bye! --y se llevó a Osvaldo cogido por el hombro.

Accedieron al despacho. Osvaldo lo inspeccionó con mirada fotográfica. Era espacioso. Varias mesas de trabajo con sus correspondientes ordenadores y teléfonos, tres pizarras de caucho, un par de impresoras y al fondo, una mesa para reuniones ovalada rodeada de sillas. 

--Bienvenido a tu nueva casa. No es que sea muy acogedor el sitio pero...

--Gracias. Me puedo amoldar a todo. 

--Ésta es tu mesa, y por supuesto que todo lo que hay encima también entra en el paquete. --miró a Laurencio, que a su vez, desde su silla y con los brazos cruzados observaba curioso a Osvaldo y su elegante indumentaria. 

--Hablando de paquetes. Sin duda, y como puedes observar, Lauren es el paquete más grande de los que verás por aquí. --bromeó.

Laurencio sonrió de medio lado, levantó su corpulencia de la silla y ofreció la mano a Osvaldo .

--Bienvenido compañero. Laurencio Matasantos, pero puedes abreviar llamándome Lauren.

--Muy bien Lauren. Mi nombre es Osvaldo. Osvaldo Blanchard.

--¿Blan…, cómo..? ¡Hostias! Y yo pensaba que mi nombre era complicado. Llevo preguntándome toda mi vida el motivo por el cual mis padres perdieron un precioso tiempo de la suya rebuscando para su hijo el nombre más excéntrico posible. 

--Blanchard. La familia de mi padre es francesa, de ahí viene el apellido. --aclaró.

--Osea, que eres gabacho. --dedujo Laurencio.

--¿Gabacho..?

--Sí, vamos… Franchute. De Francia ¿no?

--No, no. Yo he nacido aquí. Mi padre también nació aquí. A mi abuelo le dió por pasar la frontera durante la guerra para unirse al ejército republicano y terminó casándose con la enfermera que le curaba cuando cayó herido en el trasero por una bala perdida… Pero…, ahora no voy a aburriros con la historia de mi abuelo. Sería larga de contar y nos acabamos de conocer. --sonrió--. No os merecéis ese castigo. ¿Dónde puedo dejar la gabardina? Está empapada.

--En el perchero, detrás de tí. --hubo un silencio mientras la colgaba--. 

Me jugaría una paga a que has tenido problemas con el tráfico. ¿Me equivoco? --se interesó Segré, echando una mirada cómplice al oficial Laurencio Matasantos

--Ganarías. He tardado casi dos horas en llegar. Estaba imposible.

--¿Te das cuenta Darío? Si hubiésemos apostado algo, habrías ganado. --comentó Laurencio.

Osvaldo miró a ambos con el gesto de haberse perdido en ese punto de la conversación. Segré, le quiso orientar hacia la comprensión del comentario sin ningún sentido para él de Laurencio. 

--Pensarás, y con razón, que no es asunto nuestro… Habíamos hablado entre nosotros sobre el motivo de tu demora. Y supusimos que el causante sería el tráfico. Aunque Lauren también puso sobre el tapete la opción de que quizás, anoche hubo una celebración excesiva. Por el ascenso y eso, ya sabes…

--¿Una buena resaca queréis decir? --rio Osvaldo-- No. no, no. Ni siquiera bebo alcohol. Siento decepcionarte Lauren, pero fue una noche sin ningún tipo de emociones. Probablemente yo no sea la mejor compañía a la hora de celebrar algo.

--Bien... Me rindo… Estoy rodeado. Mi equivocación es que siempre pienso que todo el mundo haría lo que yo haría. Pero no todos somos iguales. Menos mal, porque si no... Con muchos ermitaños como Darío, y otros muchos elementos sin sangre como tú, los bares, pubs, restaurantes, discotecas y demás establecimientos dedicados al ocio, se verían obligados a cerrar por falta de clientela. Vamos, que si dependiera de vosotros, esta vida sería un puto aburrimiento.

 

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Published on e-Stories.org on 05.02.2016.

 

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