Jona Umaes

El espejo

          La sala en la que se encontraban les pareció transportarles a otra época de caballeros, escudos, lanzas y justas. Dos ventanales, de considerable altura, dejaban pasar la luz del inminente ocaso, inundando la estancia de destellos en cristales y piezas de metal.

          Juan y Luis se aproximaron a un enorme tapiz colgado de la pared, con escenas de batallas donde cabezas sin cuerpo yacían en el suelo, y chorros de sangre manaban de las heridas infligidas. Pero mientras se aproximaban, pasaron ante un espejo colgado de la pared lateral. Juan tuvo una sensación extraña. Aunque cruzaron rápido y sin fijarse, en esa ojeada fugaz, pensó que algo no cuadraba, pero como iban directos hacia el tapiz, se olvidó por el momento del asunto.

          Una vez terminaron de admirar lo bien que se había recreado aquellas escenas en la tela, continuaron viendo vitrinas que protegían objetos antiguos, como libros, joyas y otros instrumentos de valor. Antes de salir de aquella sala pasaron de nuevo ante el espejo. En esa ocasión, Juan sí se detuvo y agarró del brazo a Luis para que se detuviera.

—¿Por qué te paras? —dijo Luis.

—No me veo —dijo, incrédulo, Juan.

—¿Cómo que no te ves? Yo te veo perfectamente, con esa cara de pasmarote que no puedes con ella —y lo propinó un tortazo en la cabeza—. Venga, vamos.

—Espera capullo —Juan se fijó en una inscripción que había junto al espejo que rezaba: “Si no te ves, pon la mano sobre el espejo y crúzalo”—. Mira lo que pone ahí — y señaló con el dedo la inscripción.

—Yo no veo nada. Bueno sí, las piedras de la pared.

—Que no, tío, que ahí hay una placa. ¿Es que no lo ves?

—¿Te estás quedando conmigo? Yo sigo. Ahí te quedas.

          Luis continuó andando y se dirigió a la salida. Juan, confuso, volvió la vista al espejo, observando la sala y los turistas a través de él, pero sin verse reflejado. “Pon la mano sobre el espejo…”. Levantó la mano y la apoyó en el cristal. Este, en vez de ser sólido, reaccionó a su contacto, tal si fuera agua, y varias ondas con epicentro donde posó el dedo, se expandieron a lo largo del espejo, haciendo bailar todo cuando había reflejado en él. Entonces, presionó con la mano abierta y esta desapareció tras la superficie líquida. Avanzó hacia adelante y todo su cuerpo se bañó de aquel líquido seco que lo engulló, pasando al otro lado.

          Juan pasó a estar en la misma sala que había abandonado, pero todo era muy distinto. La decoración, mucho más sobria, se exhibía en un mar de piedra. Las bombillas de las lámparas eran ahora velas, que daban al ambiente calidez y proyectaban sombras en movimiento. No había nadie en la sala, pero se escuchaban ruidos en el exterior, como armas chocando entre sí, gente excitada jaleando y bramando palabras que no llegaba a distinguir bien. La pared donde se encontraba el espejo, ahora estaba vestida de un telar en el que había tejido un escudo heráldico de vistosos colores.

          “Madre mía, dónde he ido a parar. Estoy alucinando. ¿Y ahora, cómo vuelvo?” Sin saber qué hacer, se dirigió a la puerta de salida, que ahora era de basto diseño y peso considerable. Cuando la abrió, la luz del día le cegó. Tuvo que ponerse la mano de sombrilla, y esperar unos momentos a que su vista se adaptara a aquel intenso brillo. Una vez sus ojos se habituaron, lo primero que le sorprendió fue el cielo tan limpio. El aire que respiraba era distinto también. Llegaban a su olfato olores a los que no estaba habituado, pero, sobre todo, sentía que respiraba mejor. Cuando bajó la vista hacia el patio, se encontró un gentío con ropajes de otra época y soldados haciendo guardia en puestos de vigilancia. Allí estaban un par de guerreros luchando, como en una pelea callejera, rodeándoles los que les espoleaban.

          Una vez asimiló que estaba en no sabía qué siglo, pero en época de cristianos y moros, se dispuso a caminar cuando de repente notó algo punzante en la parte baja de la espalda. Una voz grave, le daba el “alto” detrás de él. Juan levantó las manos, imaginando que lo que le pinchaba era una espada, y no andaba muy desencaminado, pues al darse la vuelta, quedó frente a frente con el vigilante. Este llevaba su armadura y empuñaba una enorme espada.

—¿Quién eres? ¿Cómo has entrado al castillo? —dijo inquisidor.

—Me llamo Juan, y soy mago —, fue lo primero que se le ocurrió para no quedarse callado y parecer culpable.

—¿Mago? Un mago no va disfrazado como vas tú. ¿De dónde has sacado esa ropa tan rara? Nunca la había visto.

—Ya te lo he dicho, soy mago y vengo de otro mundo.

—Eso se lo vas a explicar a mi señor. Él sabrá qué hacer contigo. ¡Camina! —, y ambos continuaron andando, con el guerrero siempre a sus espaldas, espada en mano.

          Bajaron unas escaleras y recorrieron unos pasillos hasta llegar a una sala, donde el alcaide andaba atareado con papeles, sobre una mesa, a la luz de unas velas.

—Señor, he traído a un intruso. Estaba husmeando por la fortaleza. Dice que es mago.

—¿Mago? ¿Qué clase de magia haces? —preguntó el gobernador. Juan tenía que pensar rápido y decir lo que fuera para que no pensaran que estaba mintiendo.

—Sí, lo soy. He venido del futuro, atravesando con mi magia uno de vuestros muros y me he topado con este patán, que tenéis por guardián —, el soldado, herido por la afrenta, se dispuso a sacar la espada, y hacerlo trizas.

—¡Quieto Pelayo! Yo me encargo. Bien, a ver qué eres capaz de hacer —dijo Gonzalo, regidor del castillo. Juan se palpó los bolsillos en busca de su móvil. Pensó que los asombraría con el aparato y se haría respetar.

—¿Ve usted esto? Es mágico. Hay un mundo en miniatura dentro de él —, y a continuación puso el dedo en el lector de huellas, desbloqueándolo. Gonzalo, en ademán de sorpresa, se echó instintivamente hacia atrás.

—¿Y esa luz? ¿De dónde has sacado ese artilugio infernal? —. Juan, entonces, se dio cuenta de que causaba temor con el móvil. Para ellos era algo inaudito que saliera luz de una pequeña losa que cabía en una mano.

—Puedo mostrarle cómo es mi mundo a través de esto. Jamás habrá usted visto semejante cosa, fruto de mi poder —, abrió la galería y buscó uno de los muchos videos de música que tenía guardados. Escogió uno de Álvaro Soler. La canción de “Sofía” comenzó a sonar.

—¿Qué diablos es eso? ¿Cómo puede salir esa música de ahí?

—Es la prueba que digo la verdad. Observe cómo visten esas personas. ¿Ve que mi ropa es similar?

          Pelayo, el guardián, no sabía por qué razón, se le movían los pies al ritmo de la música. Gonzalo se quedó perplejo ante los movimientos de su servidor y temeroso de Juan, por los poderes desconocidos de que daba muestra, le dijo que parara la música. Juan pulsó sobre la pantalla y se hizo el silencio.

—Es suficiente por ahora. Ya hablaremos en otro momento. Ahora tengo cosas que hacer. Pelayo, acompaña al mago a la habitación de la torre norte y que le sirvan la cena.

          Juan, al escuchar esas palabras, respiró aliviado. Por el momento, no corría peligro. El vigilante lo llevó a su aposento, una habitación tosca, cuyo único mueble cómodo era la cama, si es que aquello se le podía llamar así. Las sillas eran de cuero curtido y madera. No es que fueran del todo incómodas, pero él no estaba habituado a ese tipo de asiento. Cuando se fue Pelayo, se asomó por la ventana de la torre. Se quedó pasmado ante las vistas. Todo eran campos de siembra, de diferentes tonos ocres y verdes. El río pasaba junto al castillo, y por él navegaban embarcaciones de diverso calado. Al poco, alguien tocó en la puerta. Era una muchacha ataviada con ropajes humildes y de rostro sonrosado. Llevaba su pelo negro recogido y portaba una bandeja de madera con una jarra de vino, un trozo de pan oscuro y algo que parecía carne, pero de aspecto nauseabundo.

—Aquí tiene su cena —dijo ella, inclinándose ligeramente.

—No hagas eso. ¿Cómo te llamas?

—Inés.

—Yo Juan. Encantado —la chica se quedó confusa ante la expresión que había escuchado— ¿Podrías decirme como salir del castillo sin llamar la atención?

—No es posible. Hay guardias por todos lados, y la puerta de salida está fuertemente custodiada.

—Sí, ya imagino, pero todos los castillos tienen pasajes secretos que dan al exterior.

—No conozco tal cosa, pero puedo preguntar a mi hermano.

—Sí, por favor. Necesito salir de aquí —, de nuevo, la chica quedó desconcertada por la forma de expresarse de Juan.

          Tras irse la muchacha, Juan se sentó en la silla de cuero y puso la bandeja sobre una mesa pequeña. Estaba hambriento. Empezó por el pan. Nunca había comido un pan tan rico. Se sorprendió de lo bien que lo hacían en aquellos tiempos. Luego tomó el vino y bebió de la jarra. El vino no se quedaba atrás. Era distinto a todo lo que había probado. En unos momentos, había entrado en calor y gracias a los efluvios pavorosos, el aspecto de aquel trozo de carne ya no le parecía tan malo y le hincó el diente con ansia voraz. En pocos minutos, se lo había comido todo y bebido el vino.

          Aquella noche, antes de dormirse, se preguntó cómo volvería a su tiempo. Pero lo que más le preocupaba, en esos momentos, era cuánto le duraría la batería del móvil para mantener a raya al alcaide. Una vez se agotara, ya no sabría qué hacer y quizás acabase colgado boca abajo en alguna mazmorra, cuando no sin cabeza, para deleite del verdugo. Maldijo al espejo y se lamentó por haberse embarcado en aquella aventura.

          Por la mañana, alguien aporreó la puerta con fuerza y le despertó bruscamente.

—¡Ya voy, ya voy! Tenía que haber puesto el cartel de no molestar. ¡Es que no sé dónde tengo la cabeza! —. Cuando abrió, allí estaba Pelayo, con la misma armadura del día anterior.

—El regidor quiere verte. Vístete rápido. Te espero aquí —. Juan miró el reloj de su muñeca.

—¡Pero, si son las 6 de la mañana! ¡Sí que sois madrugadores! —. Pelayo, sin entender una palabra y extrañado que mirase aquella cosa que llevaba en la muñeca, contestó con rudeza.

—¡Deja de lloriquear y vístete rápido! No hagas esperar a mi señor o dará buena cuenta de tu cabeza. ¡Gasta muy malas pulgas! Bueno, en realidad, el honor sería mío —, y se le dibujó una sonrisa maléfica.

—¡Vale, vale! ¡Ya voy!

          Una vez Juan se reunió con Gonzalo, este le invitó a sentarse en su mesa y probar los “manjares” que tenía para desayunar. Mientras comían, le dijo que hiciera de nuevo magia y le enseñase más cosas de aquella pequeña losa, de la que salían imágenes. Cuando Juan encendió el móvil, vio con horror que le quedaba, tan solo, el 25% de batería. Pensó que de ese día no pasaría si no lograba salir de aquel lugar. Por lo pronto, le puso el brillo al mínimo, y abrió otro video musical, para entretener a quien, sin duda, acabaría con su vida en breve. Gonzalo, de nuevo, quedó asombrado por las imágenes, y la música hizo que Pelayo, sin explicarse por qué le ocurría aquello, se contonease sin poder contenerse.

—¡Pelayo! ¡Deja de moverte de esa forma! ¿Se puede saber qué te pasa?

—Lo siento, señor. ¡Es esa música maldita! ¡Debe ser cosa de brujería!

—Enséñame más cosas. ¿Cómo logras meter todo eso ahí dentro?

—Un mago no revela sus secretos. Pero tengo algo que le puede gustar…

—¿El qué? —Juan pulsó sobre el icono de la linterna y levantó el móvil para cegar la vista del alcaide.

—¿Qué demonios es esa luz? ¡Apártala!

—Con esta luz, no necesitaría antorchas para moverse en la noche. Claro que es muy pequeña, pero alumbra lo suficiente en sitios cerrados.

—Es cierto, me sería de mucha utilidad —pero Juan, no se dio cuenta de que, habiendo activado la linterna, el nivel de batería se había reducido notablemente. Apenas le quedaba un 5%, por lo que decidió apagar el móvil.

—Creo que ya está bien por hoy. Hasta mis poderes son limitados y no debo abusar de ellos. Mañana le mostraré más.

—De acuerdo. Terminemos pues de desayunar.

          Juan le pidió a Gonzalo conocer el castillo. Este accedió y ordenó a Pelayo que le guiase por todas las estancias de la fortaleza. De esa forma, podría observar donde hacían las guardias y familiarizarse con el lugar, por si llegara el momento de huir, encontrar un sitio seguro donde quedar a salvo.

          Después del tour, Juan regresó a la habitación y se echó un rato a pensar. Tenía que haber alguna forma de regresar a su vida y despertar de aquella pesadilla. Aunque, hasta el momento no le había ocurrido nada desagradable, todo apuntaba a que cuando se acabara su magia, no le sería de utilidad a Gonzalo y sin duda se desharía de él.

          Un discreto “toc toc” le sacó de sus pensamientos. Juan se levantó y abrió la puerta. Era la chica que le trajo la cena la noche anterior. La hizo pasar y cerró tras ella. Esta, entonces, le habló de un pasadizo que discurría por el subsuelo del castillo y acababa en una abertura disimulada al pie de la muralla. Su hermano lo utilizaba para evitar la guardia de noche y poder hacer trueques con los lugareños que habitaban en las afueras.

          Quedó en encontrarse de nuevo con la chica por la noche, para que le mostrase cómo se accedía al pasadizo. Aunque, la vio otra vez, cuando le trajo la comida al medio día. De nuevo, pan, carne y vino. Pensó, que como todos los días fuera igual, iba a coger tirria a la carne, si no se volvía alcohólico antes. 

          Cuando oscureció, la chica volvió a la habitación y comenzaron a recorrer pasillos. Tras un periplo por numerosos recovecos de la fortaleza, llegaron al lugar de entrada del pasadizo. Había que levantar una losa del suelo que estaba suelta, pero disimulada bajo una alfombra.

—Gracias por tu ayuda. Creo que me iré ahora mismo de aquí. No sé dónde acabaré, pero cualquier lugar es más seguro que este castillo —. La chica lo miró entristecida. Desde que lo vio por primera vez, le llamó la atención, y pensaba que podrían pasar más tiempo juntos.

—¿Qué te ocurre?

—Nada, es solo que acabas de llegar y ya te quieres ir —. A Juan tampoco le había pasado desapercibida. Había sido muy amable con él y sabía que podía confiar en ella. Pero era consciente que se le acababa el tiempo y tenía que aprovechar la oportunidad.

—Eres un encanto. No sé cómo agradecerte lo que has hecho por mí —. Ella le miraba con los ojos muy abiertos. Sin duda, le había causado una grata impresión por la forma en que le hablaba y por ser distinto a todo lo que conocía. Juan no pudo resistirse a aquella mirada. La tomó de la cintura y aproximó su rostro al de ella para besarla.

—¿Qué ha pasado? —dijo Juan sobresaltado. Alguien había echado un cubo de agua helada sobre su rostro para que volviera en sí.

—¡Juan! ¡La leche que te dieron! ¡Menos mal que has despertado! Me tenías preocupado —dijo Luis.

—¡Me has jodido, tío! ¡Estaba a punto de besarla!

—Ja, ja, ja. ¡Menudo pájaro estás hecho! No, si al final te ha sentado bien que te cayera la vasija en la cabeza. Te has echado un buen sueñecito y todo.

—¿Vasija? No recuerdo nada.

—Anda, levanta, que hasta han llamado a un médico para que venga, fueras a tener algo grave.

          Al dirigirse a la salida, Juan vio de nuevo el espejo y las figuras de ambos reflejadas en él. Justo al lado, un cuadro mostraba la imagen de una cortesana, en la que reconoció el rostro de la chica de su sueño.

 

 

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Published on e-Stories.org on 30.01.2021.

 

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