Fermín Vidales Martínez

DENTRO DEL CÍRCULO

 

 

¿Cómo he llegado hasta aquí?, te preguntaste de repente. ¿Dónde estoy? Y la cuestión más dolorosa de todas, la que más te pesaba por dentro con un ímpetu hirviente: ¿quién soy? Te habías despertado hacía unos instantes, dominado por el frío, entumecido y temblando, y después de una ligera y somnolienta inspección del entorno te asaltaron aquellas preguntas enervantes, dónde estabas, cómo habías llegado allí, quién eras.

Todo estaba negro, negro prieto y negro callado, negro abrumador, desesperante. Sumergido en aquella opacidad tú sólo podías sentir la intuición pertinaz de una asombrosa habilidad metida entre los dedos pulgares y el resto de las manos. No eres capaz de sentir nada más, salvo el frío duro y la grave oscuridad. Tu piel, si es que la tenías, era cartón, y tu sangre, si es que la tenías, era agua. Tus ojos serían bolas. Tu lengua sería arena. Tu oído sería pan. Sólo el frío que se metía como puntillas de hielo, la desazón de una negrura perfecta, y la habilidad que intuías entre los dedos, te hacían sentir vivo.

Tuviste la ocurrencia de que aquella capacidad de tus manos, aquella pericia, era lo único que te guiaría la mente extraviada. ¿Para que existen las cosas que no sirven de nada? Tu percibías esa habilidad, y esa habilidad tendría un sentido. Tus manos te explicarían, sin duda. ¿Pero cómo se emplea una habilidad cuyo significado es desconocido?

A modo de prueba, empezaste a palpar a tu alrededor y sólo hallaste paredes lisas y heladas. Era una suerte de habitación cerrada, o un sótano, de acuerdo, pero ¿qué más? ¿Qué más te diría el contacto? ¿Cómo podrían ayudarte las manos a saber lo que andabas haciendo ahí? ¿Es que las manos relatan?

Poco a poco empezaste a desechar semejante posibilidad puesto que unas manos no pueden decir gran cosa, no saben hablar. De manera que trataste de alcanzar alguna respuesta por otro camino, tal vez recordando. Intentaste recordar, pero comprobado que tu memoria permanecía virgen en lo referente a tu propia identidad, o inescrutable, también descartaste ese camino. ¿Y pensando? ¿Tendrías un cerebro con el que pensar? Claro que sí. Tenías un cerebro, y por eso te inquietaban aquellas preguntas. Los descerebrados no se formulan preguntan, o no se angustian por su causa.

Opciones por las que alguien puede aparecer, de repente, sometido dentro de un... un... un sótano, digamos, un sótano negro, helado y silencioso:

a) El juez condena al delincuente como autor del delito tipificado en el art.139 del Código Penal. Los guardianes le conducen a la profundidad fría de la mazmorra, pero el reo se resiste, persistirá en su inocencia, así que uno de los guardianes no encuentra otra salida que calmarle con un batacazo en la nuca que deteriorará determinada conexión nerviosa. Cuando el preso recupera la consciencia se pregunta cómo ha llegado hasta allí. Entonces tú eres el reo malherido en el suelo de la cárcel.

b) Su mujer le pide que traiga agua, pero ahora la vieja soga está atascada en la carrucha y el campesino se inclina con negligencia sobre la boca negra del pozo. Luego de dar varios tirones, la cuerda se suelta alevosamente y el campesino resbala y cae. El sótano no es un sótano, sino un pozo que se secó. Y tú eres el campesino engullido por el pozo.

c) El senador se dirige caminando hacia el edificio del Parlamento. Habitualmente acude en coche blindado, y con chofer y guardaespaldas, pero esa mañana decidió repudiar sus privilegios en virtud de un cielo limpio y un aire suave. El senador tuerce por la esquina de la panadería ignorando que cuatro portales más adelante, a la vera del estanco, aguardan dos hombres con pasamontañas. Tú eres el senador emboscado, el senador secuestrado, el senador metido en el zulo.

d) La vida después de la muerte consiste en una mera animación cerebral que se prolonga ad aeternam dentro del ataúd. Entonces el sótano es un féretro, y tú eres ese cadáver que seguirá pensando, per saecula saeculorum.

e) Hace rato que el escritor se colocó frente a una hojita de abominable blancura. Sabe que todo es arrancarse, que luego no hay espíritu que le frene las palabras. Por fin decide un principio. Su personaje aparecerá, de repente, amnésico y encerrado en un sótano. Entonces tú eres la criatura, la invención.

f) Etcétera.

Las posibilidades eran enormes, infinitas, y para optar por una de ellas como la más probable necesitabas ineludiblemente instrumentarte con la memoria. Sin memoria no eres nadie, y yo no tengo memoria, la tengo blanquita como el azúcar, te quejaste. ¿Cómo sabrías si eras el prisionero, o el campesino, o el senador, o el muerto, o el personaje...? El pensamiento es el hijo de la memoria. De tal palo tal astilla. Tú sólo tenías una memoria general, una memoria de palabras, de conceptos, de hechos inciertos, así que tus pensamientos también eran generales, y confusos. Si no recordabas nada sobre tu persona, no podrías pensar acerca de ella.

Nuevamente palpaste las paredes, pero ahora no con la esperanza de encontrar respuestas, sino meramente para evitar que unas inquietudes inservibles continuaran abrumándote. Las palmas de las manos acariciaban cada centímetro, cada milímetro de la deplorable lisura. No dabas con ningún altibajo, con una mella, con un trozo menudito de cascarilla. De todas maneras, tampoco supiste eludir el desconcierto. Por más que intentaras despistarlo, el desasosiego regresaba a punzar tu pecho con la agudeza de un aguijón recalentado. Las preguntas volvían, siempre estaban ahí, incordiando, siempre los mismos interrogantes, los mismos dolorosos interrogantes, la misma agonía inextricable. Pero sin memoria no puedes pensar. La memoria fundamenta la razón, forma su estructura básica. ¿Qué hago aquí? ¿Cómo es posible que no tenga ni un recuerdo de quién soy, o de cómo he llegado hasta este lugar?

Reconcentraste toda tu atención en la habilidad que sentías acomodada dentro de las manos. Juntaste las palmas y tamborileaste largo rato unos dedos contra los otros. Tal vez tengo que aprender a entenderlas. Tal vez estas manos sí que encierran un lenguaje que responde a las preguntas acertadas. Tengo que aprender a realizar las preguntas adecuadas, pero ¿cuáles son? ¿Sabéis quién soy, manos? ¿Sabéis cómo he llegado hasta aquí? ¿Sabéis, manos queridas, para qué he venido a este sótano, o a esta cárcel, o a este pozo de negrura inexpugnable?

Entonces tus manos hablaron como hablan las manos que ilustran sombras chinescas. Te dijeron un escalofrío a la altura de las muñecas. Los cartílagos crujieron para formar la figura de un cuerpo minúsculo y extraño. Te quedaste atónito frente a la criatura que tenías subrogada donde antes estaban tus miembros.

- ¿Qué es esto?- dijiste.

- No lo sé- contestó la criatura.- No sé lo que soy. Ni siquiera estoy convencido de mi existencia, porque no tengo un nombre. Las cosas que no tienen un nombre quizá no existen, y yo no lo tengo. Una cosa sólo puede existir cuando puede ser nombrada. Comprueba si puedes darme un nombre.

Lo meditaste unos instantes y luego llamaste a la criatura molécula. Y la molécula centelleó, y se agitó como agradecida. Pero después de que le preguntaras si conocía algo acerca de ti, algo de tu presencia en aquel sótano, la molécula persistió en una quietud desoladora y en un silencio atroz.

- ¿Por qué no me respondes, hija desagradecida?

- Ahora soy consciente de mi existencia, porque poseo un nombre, pero todavía no estoy preparada para proporcionar una respuesta inteligente sobre tu propio ser. Primero debo conocerme a mí misma con plenitud, y de momento soy demasiado simple para tamaña empresa. Déjame que madure entre tus manos y veré si llega el momento de conocerme, de conocerte, de poderte responder.

El tiempo discurría con la pachorra lastimera de los que aguardan. La molécula temblaba, se estiraba, crecía, cambiaba. Adquirió una forma en el período cámbrico, y otra en el devónico, y otra en el carbonífero, y otra en el triásico, y otra en el paleoceno, y otra en el pleistoceno, y otra en el holoceno, y otra en la minoración, y otra en la descarnación, y otra en la luminación. La molécula ya no era una molécula, sino un conjunto de haces luminosos.

- Ahora estoy preparado para responder a tus preguntas.

- Dime entonces quién soy.

- Eres el principio y el fin que se persiguen dentro de un círculo; eres quien constantemente busca su identidad poniendo orden en el caos, quien crece y dirige sus pasos con el único objetivo de comprenderse. Eres el Universo. Eres la Razón.

- ¿Y cómo he aparecido aquí? ¿Qué estoy haciendo en este lugar?

La criatura luminosa calló un momento, como si meditara. Luego dijo:

- Ahora lo verás.

La criatura saltó de tus manos a tu pecho, y tú sonreíste porque por fin comprendías. Las paredes del vientre se derrumbaron y detrás apareció una figura envuelta con bata verde y mascarilla. La figura te tomó por los pies y te sacudió.

- Ha tenido usted un niño precioso- dijo en un idioma ininteligible.

Entonces rompiste a llorar, porque sabías que pronto ibas a comenzar una nueva vuelta por el círculo.

 

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Published on e-Stories.org on 10.10.2009.

 

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