Maria Teresa Aláez García

Puliendo2

Entré en el hexaedro.
 
 El viento que por el lateral derecho despide frío y malestar, por la parte superior absorbe. Actúa como un catalizador o purificador del aire, del ambiente, de la realidad. Como un agujero negro. Recoge la realidad por la parte superior y la introduce en el cubo. La saca por el lateral y va redibujando el paisaje y formando esos enormes espejos, ese mercurio tan extraño que sólo forma dos muros a un lado y al otro pero sólo me deja ver un cielo blanco arriba, un camino blanco abajo y lo que mi imaginación quiere enseñarme en los lados.
 
 Cuervos a un lado. Cuervos sobre los árboles. Cuervos que graznan, en mi izquierda. Casi a la salida, tras pasar por un dintel, por un arco de piedra. O eso parece. Puedo coger el poliedro y levantarlo y debajo sólo está el borde y el camino, pero si lo coloco en su lugar y lo abro, es una inmensidad oscura, sin nada o con pocas cosas. Y los cuervos se encuentran a la entrada del atardecer, de la tristeza, esperando cegarme, esperando secar las rosas o los cristales rojos que me han acuchillado. No tengo corazón. Sólo se ha secado la lluvia y ahora quedan mis costillas sin pulmones ni nada. Los cuervos descuelgan el sol  y el atardecer y despiden en la lejanía al último de los brillos solares. Su figura  recortada dirige el amanecer de los vientos con la luz hacia otro lugar. No pueden cegar los ojos de la noche pero sí pueden alterar la visión humana.
 
 Aunque entré en el vacío de la oscuridad, recuerdo lo que vi. No lo deseo. No deseo nada. En un principio me da miedo y me desorienta tanta oscuridad, el no poner el pie en ningún lugar, el ir cayendo dando vueltas y ver esferas con películas dentro que no me valen para nada. Son recuerdos, no puedo apoyarme en ellas. Son globos oculares de la oscuridad de mi mente, recuerdos que van volando sin saber dónde afianzarse y depositarse, no tienen un lugar definido ni en el espacio ni en el tiempo. Los cuervos acuden y destrozan  a picotazos algunos de los globos y cae una fuente rojiza  y arcillosa de cada esfera, muro destrozado de la evocación, tumores racionales de mi cuerpo, visiones retrógadas de la vida. Continúa mi caída entre estrellas, constelaciones, imágenes, desorganización. Parece no tener fin. Al entrar sentí frío, soledad, desequilibrio, mareos, inseguridad, pero conforme pasa el tiempo y mi cuerpo se mueve dando vueltas por un laberinto desconocido, voy acostumbrándome. Incluso voy entrando en calor y parece que la caída se va ralentizando hasta que de repente siento que puedo tocar suelo y paredes de una cueva. Como suelo tener costumbre, busco la salida. Con saliva, mojo un dedo y lo dejo al ambiente, para reconocer el camino del aire. No suele fallar. Al mínimo movimiento, voy a contracorriente. Distingo un lugar con un orificio en el techo, el cielo blanquecino de luz y de nubes blancas ante un pozo negro y oscuro que ya descenderé si es necesario. Continúo  y acudo a la salida. Es una especie de terraza renacentista, con arcos como los que tiene dibujados Escher en una de sus visiones imposibles aquella en la que la dama charla con su caballero mientras en su derredor se ve un paisaje precioso: campos abiertos, con viñedos, naranjos, trigales, todos sembrados de manera regular, sobre colinas redondeadas y bien recortadas en el horizonte.  No me asusta el paisaje, no lo veo peligroso. Pero no puedo salir del lugar de los arcos sin temor. Hay un gran abismo entre el arco y los campos. He de volver a entrar en la cueva para hallar otra salida sin tener que caminar en círculos para salir de nuevo al mismo lugar. He de tener en cuenta las dos corrientes de aire: la del pozo y la del lugar de las  arcadas y buscar un tercer recorrido, opuesto a ambos. El viento viene de algún sitio y se dirige a algún lugar. Encontré un lugar desde donde viene y otro lugar hacia dónde va. Ahora he de buscar alguna otra corriente y desde el mar calizo de los muros enjabonados, localizo otra salida. Dicha salida me vuelve a dejar en el camino inicial. Pero ahora ya no hay espejos en los laterales del camino. Ahora puedo ver correr el cielo y la tierra, las nubes y el sol en su justa  medida.
 
 Y retomo el caminar. Mis pies descalzos, mi vestido negro vuelve a ser blanco, las mariposas de papel de periódicos acompañan mi paseo  y dibujan un porvenir blanco  unos árboles desconocidos para mí en los bordes del camino.
 
 Vuelvo a sentarme sobre el poliedro. Me permito el lujo de ver cómo a mi alrededor todo va cambiando según las circunstancias, cómo todo va deviniendo, cómo unas cosas van dando paso a otras y cómo la dejadez y la negación y la pasividad y el no hacer también son movimiento aunque no lo aparenten. Veo cómo las paredes mercuriales, de espejo, aparecen y desaparecen según  la gravedad del resto de las imágenes. A veces salvan, a veces evitan, a veces impiden, a veces preparan, a veces simplemente reflejan. El atardecer en soledad con aquellos dos árboles en la lejanía, ante el inmenso campo de la meseta, con aquella casa rural al lado de los árboles, de paredes blancas, encaladas en el tiempo y de yeso raído por la lluvia, con un arco a la entrada, con el tejado inclinado también en uno de sus lados, las tejas amarilleadas debido a que la luz ha acabado con el esplendor del rojo y la lluvia con el brillo del apresto. La casa solitaria en su interior. Me pregunto si habré de acercarme a mirar a su ventana, si dejar el poliedro que tanto depende de mí para permanecer cerrado o porque contiene cosas mías o por impedir que alguien caiga en su interior y no sepa salir o por si se lo llevan. No sé cómo apareció ahí y ni siquiera sé si es para mí y además, si es mi responsabilidad. Lo hice mi responsabilidad pero puede ser una responsabilidad ajena que yo estoy impidiendo realizar. Por otro lado me confiere seguridad porque lo conozco, porque he caído en su interior y he salido o igual, es posible que me haya llevado a otra dimensión y permanezca dentro del mismo poliedro en este momento.  Como estoy en un país de sueños, probaré a coger el poliedro y a llevarlo en mi mano hacia la casa. Debajo del poliedro no hay nada.  He notado que ni he escuchado nada ni he palpado nada ni he olido nada, es algo extraño en mí. Sí que recuerdo el viento por haber visto el ambiente volverse blanco como cuando hay polvo y las piedrecitas bajo las plantas de mis pies, arañando la piel tibia que tengo ahora desde que no camino sobre la arena de la playa. No hay agua pero no tengo sed.  Posiblemente esas paredes mercuriales sean agua, agua de mis lágrimas, de mi sufrimiento interior y por tal razón, en lugar de aparecer en forma de lluvia, aparece en forma de mampara o de cortina.  Y fuego, la luz. Del sol o de lo que sea que ilumine el ambiente donde me encuentro.
 
 Me atreveré. A lo lejos, detrás de la casa, hay como unas colinas. También he de atreverme a subirlas, no parecen tener demasiada altura.
 
 De repente, me detengo. ¿Qué necesidad tengo de acercarme a la casa? ¿Por qué me he detenido aquí? ¿Por qué no sigo el camino hacia delante? Es un camino libre. No tengo trabas ni a un lado ni al otro. De hecho, el poliedro me indica la dirección a seguir. Más adelante hay un túnel pero tampoco tengo miedo a superarlo. Pero la casa me intriga. A veces es necesario conocer algunas cosas para poder seguir adelante. Por otro lado, no se me ha ocurrido mirar lo que tengo  a mi espalda, en el otro lado del camino. Se me antoja algo grande, superior y me da temor mirarlo.
 
 Me pongo en marcha. ¿ Y si se necesita ayuda en el interior de la casa?

 

 

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Published on e-Stories.org on 16.05.2008.

 

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