Maria Teresa Aláez García

Puliendo1

Me encontré sentada sobre un gran bloque de piedra.
 
Un bloque que tenía forma de prisma. Más o menos regularmente tallado y medio pulido. De un color más canela o beige en las aristas, más oscuro y de color arena, color marga, claro, amarillento, en las caras.  Tenía muescas y hendiduras realizadas por el cantero, paralelos a las aristas. Parecía un gran cuarzo de forma irregular. Pero no era cuarzo. Ni era mármol siquiera. Era un bloque de arenisca que a pesar de su aparente solidez, podría deshacerse en cualquier momento.
 
Parecía un gran pedazo de caliza tallada como si fuera un enorme banco de esos que se realizaban con cemento en los muros, para que los niños se sentaran en el tiempo de recreo o los ancianos a la sombra, en el parque. Siempre que el colegio fuera uno de aquellos con una verja modernista, con un muro de ladrillo oscuro y rodeado de un campo que servia de frontera a uno y otro sembrado. Allá, en la lejanía, algún que otro pino o unas palmeras que servían de referencia para conocer el norte, desvelado por su sombra. Siempre que el parque fuera pequeño, con algunos ficus desperdigados o alguna morera plantada en círculo o en medio, rodeado el terruño con un pequeño alambre que formara ondas o picos para servir de aviso a quien deseara recostarse sobre su tronco u orinar en sus raíces y con un pequeño sendero bien barrido o encalado entre los plantíos. Unos rosales cuidados en un rincón y unas margaritas rodeadas de un caballeroso dondiego, daban el toque de color en la primavera.
 
El bloque se encontraba a la vera de un camino. Un camino de segundas, sin asfaltar. Una vereda en un monte o la entrada a una cementera. Un camino casi de cabrero pero limpio, sin piedras que molesten a quienes caminan descalzos. Barrido, adecentado pero antiguo, con el pesar de los siglos y del tonelaje de quien lo había recorrido, marcado en su andadura. A un lado, nada. Al otro, tampoco. Parece haber dos enormes espejos que reflejan el camino y hacen su exigua anchura, enorme a base de reflejarlo. Hay cielo, sí. Un cielo que se ve azulado entre una especie de sombra blanquecina, como las enaguas de la tierra levantadas por el viento. Al otro lado el cielo es azul, intenso, agotador, caluroso. No se puede ver el sol ni se puede sentir el efecto de su abrazo, pero se adivinan las dos de la tarde o las tres en los pueblos andaluces o manchegos de interior y a sus trabajadores caminando bajo esa justicia estelar, con los pies encallecidos por los años y el trabajo, los rostros dibujados por el pesar, la labor dura y la jornada estival y la experiencia en sus cinturas, su espalda y sus aperos. Su pobreza en sus chalecos o en sus faldas. Su alegría, en el blanco de sus risas.

No me reflejo yo como soy ahora. Mi cerebro sabe que mi visión presente es una ofensa al buen gusto y a la raza, especie o género humano por llamarlo de algún modo. Mi mente sabe que es difícil de soportar esa visión, por eso mis visitas al mundo son cortas y a ser posible, ocultas. Salgo de un lugar para meterme en otro y, so pena que vaya a realizar alguna actividad de provecho, intento no escandalizar a los ojos inocentes o culpables de quienes me rodean. No se tiene tanto cuidado en el lado opuesto pero al menos, por esta orilla, se cuida la esencia. No entiendo el por qué de mi existencia, al menos ahora. Discutiendo con otras personas, hablé de la esencia, de dar sentido a lo que nos rodea. Al morir, posiblemente se acabe ese sentido, esa motivación. Pero me di cuenta de que para bien o para mal, se sigue teniendo presente esa esencia, sea para aprender de ella, para repetir su aroma o para repelerla. Es posible que el sentido de mi existencia sea ser un eterno error para que los demás se vean perfectos  y satisfechos y alaben a Dios de no ser como yo. Posiblemente. O para mostrar sus almas públicamente. No lo sé. Espero que no. Casi prefiero la primera opción.

 Pues no soy el monstruo que ahora subsiste en esta tierra. Estoy delgada. Como lo estuve hasta los 35 más o menos. Con mi melena, larga, morena, ondulada y recogida en un moño o coleta, no lo sé. Quizás ni así. Mi rostro no cambia: los ojos tristes, soñadores, ausentes, afeados por las ojeras cardiacas que me recordaban paciencia, la paciencia y el silencio. La nariz fina, recortada y reforzada por esas líneas espantosas que no sé si pretendían dibujar las mejillas o la mandíbula superior. La boca que sin ser grande, no hacía más que mostrar los dientes superiores de un modo alarmante. Hace algunos años me enteré por una dentista profesional, que ni mis dientes eran grandes ni mi boca ostentosa. Por tener, tenia hasta pequeño el paladar y las piezas eran demasiadas para poco espacio. Pero el freno que tiene el labio superior también era pequeño y subía demasiado al reír. Con un pequeño toque mágico de bisturí y anestesia local, se hubiera solucionado. Ya, para qué. Fue mejor, así libré a mis semejantes de horas y horas de discursos bienintencionados que nunca expuse. Además tuve el gusto de ser conocida por tener varios motes relativos al reino equino y asnal incluso derivados de mi propia familia. Sí, creo que estoy en este mundo para que los demás se sientan satisfechos de ser como son, de no ser como yo  y de servir de escupidera para arrancar sus prejuicios y sus traumas. Al menos sirvo para algo útil.

 Llevo una especie de vestido blanco. Mi espalda, como siempre, encorvada y mi mirada hacia el interior, hacia lo inferior, hacia la tierra, hacia el infierno.  ¿Para prevenir? ¿Para defender? ¿O quizás para irme acostumbrando a lo que me espera en la eternidad e ir haciéndome una idea? No sé ni lo que me espera en la eternidad y ni siquiera sé si existe dicha eternidad. Ni como es. Eso lo dejo en manos divinas porque no es mi tarea ni mi responsabilidad el dirigir o fiscalizar las acciones de quienes pueden ser superiores a mí. Pero sí me sirve el mirar hacia abajo para no olvidarme de mis miserias e ir muriendo, muriendo, paulatinamente muriendo en lo que fui, en lo que soy y en lo que, gracias al cielo, no seré.

 Tomo asiento.

 El poliedro parece macizo. Pero descubro, no sé cómo, que pueden abrirse sus caras. En una de ellas hay algún tipo de brea negra o ropaje negro, doblado ahí, que dejo. Quizás debiera de sacarlo pero tengo pereza y no me molesto ni en recogerlo. En la pared interna,  hay un cuchillo colgado, dentro de una funda de cuero negra en la parte que cubre la hoja curva del cuchillo y marrón cerca de la empuñadura. Está colgado de un pequeño tirantillo de cuero negro desde un clavo o saliente de la piedra. Forma de esta manera un símbolo masónico, Como si el cuchillo fuera la escuadra y la tirilla el compás. Pero sé que no lo es, no tengo tanta imaginación o poca lucidez. A mí me dice que será un método o un instrumento para ayudarme en un futuro a acabar, a decir adiós a lo superfluo, a lo que me daña a mí y daña a los demás, sobre todo para prevenir este último aspecto. Así que dejo las cosas como están y cierro esa pared. Al abrir la opuesta, veo el vacío, lo oscuro, lo misterioso, lo desconocido. De ahí sale un frío que no permite ni mirar en su interior. Como si pretendiera introducir la cabeza en un congelador. Hay movimiento, pero un movimiento gélido. Una vez escuché decir que el frío no es más que otro tipo de fuego, un fuego sólido que parece atractivo y delicado pero que con suavidad y displicencia, adormece a la victima y la acaba matando. El frío del halón, un fuego frío en lucha contra el fuego caliente que abrasa, asesina y ahoga con todo el furor que Marte se permite el lujo conceder.

 
Cierro porque no puedo mantener el frío ni meterme dentro. Abro la parte delantera que se mantiene vacía  y sonrosada. Como un nicho vacío que oculta la muerte con una sonrisa mientras espera que alguien lo embellezca con alguna flor, una lápida o una pintura. Espera algo, está al tanto u oculta algo tras su pared. O quizás sea un parapeto para soportar el aire que sale por el lateral. Lo dejo abierto pero aparece la tapa colocada y me dedico a mirar por detrás. Ahí hay de todo: Hay lanas de abuela que se dicen, grises oscuras, hilos negros y blancos, ovillos deshechos y sucios, madejas descoloridas, polvo, trapos manchados de grasa, humedad, calcetines de deporte blancos que se han teñido del calor del pie y del sudor de la cera del zapato, ropa interior de esa que alguna gente tira debajo de la cama y aparece al cabo del tiempo cuando se pasea la escoba por debajo. Una zapatilla sin pareja. Unas joyas descoloridas que han perdido el oro, la plata y el bronce porque pertenecen al mundo de la bisutería. Unos guantes de plástico color rosa, sucios y rajados por el uso. Unos alicantes y unas tenazas, un martillo y una bombilla rota, cascada. Los colmillos, las muelas que no hemos usado y han caído en la dura guerra de la caries. Esas cartas que hemos escrito pero no han llegado o si lo han hecho, no han sido respondidas y las posibles respuestas se han quedado ahí aletargadas. Las palabras ofensivas, las desazones, las expectativas muertas y las que han asesinado, esposadas y encarceladas como cuervos en jaulas para palomas. Barro, putrefacción. Una joven de tez blanca, de pelo negro encalado yace en un lecho de cemento tapada por una capa del mismo material y sólo sobresale su lívido rostro, su pelo lacio y una mano que en su momento reclamó ayuda pero se rinde a la evidencia de la nada, de su muerte, de su mezquindad y su no existencia.  Lápices rotos, sacapuntas sin filo, gomas laceradas, hojas de papel sin oficio ni beneficio… Cajas de plástico, una redoma, un alambique. Flores artificiales amarilleadas por el tiempo. Unas gafas de aumento de montura dorada que no sirven porque nadie va a usarlas pero están bien. Aquel pequeño reloj de oro o esos gemelos antiguos que no se quieren tirar por ser un recuerdo entrañable de alguien que se desconoce.
 
Cuando me dispongo a abrir la tapa superior, mientras que la tapa trasera permanece al descubierto, escucho pasos. Viene alguien. Me siento sobre la parte superior que siento temblar. Con ambas manos retengo las tapas y me limito a mirar sin participar ni activa ni pasivamente en el espectáculo que se me coloca delante. Dejo que todo pase sin prestar atención, lo cual no significa que mi cerebro no capte pero en mí hay vacío, nada, caos o blanco, una gran laguna. Me abro el pecho. Llueve y mucho. Llueve de color gris, llueve pena, angustia, desesperación. Llueve dibujando una ventana de pequeños cristales con un marco gris azulado, llueve mostrando una ciudad con un cielo blanqueado por las nubes cargadas de agua, con un edificio esquinado que me muestra su pared maestra, blanca  y sin anuncios y una chimenea acuchillando las nubes allá, en lo alto. Y llueve moviendo coches que suben hacia lo alto de la cuesta, coches rojos, rojo oscuro, granates, negros, azules. Llueve sobre una calle de pizarra, sobre negros adoquines de piedra, sobre el parque recoleto y sobre el busto de la mujer que interioriza desde sus ojos ciegos, sin perder la compostura, con la postura firme, enérgica, sincera y confiada. Llueven las hojas de los árboles que acogen con sedienta espera la caída del agua. Todo es blanco dentro, gris en la cortina. Todo es negro cuando miro los espejos. Los espejos del borde del camino no son de cristal, son de plástico o son de metal que puede combarse. He de mantenerme fuerte ante la lluvia, he de saber que es lo que toca, es mi castigo por haber pretendido esperar cosas que nunca van a llegar pero, sabiéndolo, sigo esperándolas. Cierro la túnica pero dejo el pecho abierto y la nostalgia me hace dura, firme, ajustando mis uñas sobre el cubo que me recoge y me separa de la misma tierra siendo tierra. Recojo mis pies sobre su cuerpo.
 
Reflejados por los espejos, veo a mis padres, a mis abuelos, a mis hermanos y a mi hijo. Sus facciones son grises y sus rostros son blancos como el de la joven lapidada en el cemento. Tienen los ojos negros como en las imágenes japonesas del terror. No hablan y solo miran. La verdad es que imponen esos rostros que miran con tal profundidad. Veo como sus ojos se acercan a los míos intentando intimidarme y sigo mirando hacia uno y otro lado como si viera una visión.  Se quedan panelados en los espejos, introducidos en el brillo y reflejándose en todo el entorno, ora vestidos de negro, ora de gris, ora de blanco, ora tremendos, tremebundos. Se echan a reír. Me critican mi rostro de caricatura, mis huecos, mis maneras, mi vestido. Me da igual lo que digan, lo que piensen. Miro entre las rendijas de sus espacio, que casi no son  veo y aparece mucha gente que les apoya  y se acompañan en las risas y las carcajadas. De repente en los paneles de un lado y de otro del camino todo el mundo se ríe con mayor o menor fortuna: enseñando los dientes,  llamando la atención sobre sí mismos, colocando sus manos sobre sus pechos o sobre sus vientres,  Poco a poco la situación se va transformando y me veo en mitad de una gran sala en una estación de tren o en un aeropuerto. Se la intenta redimir aunque ella se niega rotundamente porque quiere seguir sendo ella y manteniendo su esencia siendo aceptada por sí misma tal y como esa aunque sea carne de cómico. En los enormes espejos aparecen los nombres y apellidos de mis pecados y de quienes sufrieron por causa de ellos.  Todo transcurre rápidamente: las letras suben rápidamente y van haciendo recuento en un saldo que no cuenta dinero sino culpas o penas o tiempo perdido y recuperado. Debo moverme para impedir, no sé qué, pero mejor me quedo quieta y espero a que me digan qué vía he de coger para irme a hacer algo que ignoro. Lo mejor que puedo hacer es seguir sentada sobre la roca y seguir esperando algo aunque soy más partidaria de moverme. No oigo las risas, no escucho lo que esa gente me dice. Los veo reflejados en el panel. Dentro de los espejos pero no llegan a pisar el camino delante de mí.
 
 Y el caso es que veo venir gente por el camino. Gente que conforme llega a mi altura, o pasa de largo o se introducen en el espejo y me miran por encima del hombro, del pelo, de los labios, de mi misma. Hay gente que me señala con el dedo. Hay gente que intenta hablarme pero no puede y sigue su camino. Hay gente que me toca como si fuera algo raro pero se dirige a los paneles junto a la otra gente y no se quedan conmigo o me tiende la mano o sigue su camino. Me da igual.
 
Sigo sentada. El frío que hay en el cubo me va contagiando. Me voy replegando. Sigue lloviendo en mi pecho y el agua va saliendo de mi cuerpo hacia el camino. Hace daño y me obliga a arquearme pero sigo estando sin causa aparente, sobre el bloque. Veo correr las nubes en el cielo, veo cómo los girasoles nacen  y se recuestan, veo el trigo que amarillea, veo el verde de unas plantas que desconozco. Está todo  y no está. Hay un roble pero no lo veo aunque está ahí, a lo lejos. Mi espalda está más arqueada pero intento ponerme derecha y seguir mirando. Ahora veo palabras y veo también piedras rojas, afiladas que vienen dentro de mí. Caen a mi alrededor y vienen dentro de mí.  Hay cosas que dejo pasar a la parte trasera del poliedro pero no se cierra.
 
Todo va pasando sin que pueda moverme para cambiarlo. No debo moverme para cambiarlo. Cosas, animales personas, siguen moviéndose para cambiar. Yo intento moverme para cambiar pero no es mi momento.
 
Veo salir sangre de debajo del hexaedro.  Abro la tapa y me engulle. Se que no s definitivo. Sé que saldré de ésta. Tengo miedo pero se moverme en la oscuridad y en el agua que mi pecho sigue desahogando.

Y caigo sobre pinchos, eternamente. Caigo, me clavo los punzones en el cuerpo. No dejo de caer. Caigo sin parar y me hiero el cuerpo entero. Caigo, caigo sin fortuna, me ciego, me empalo y me libero pero a pesar del dolor, salgo. Hasta el infinito es finito en algunos de sus puntos. El ser humano limita hasta la eternidad.
 

 

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Published on e-Stories.org on 03.05.2008.

 

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