Rafael Rodrigo Domenech

LAS TRIBUS DE TRUCULANDIA

1. Una pequeña isla en medio de la nada

Por muy grande que sea una isla, casi siempre suele quedar pequeña comparada con la inmensidad del océano que le rodea.

La isla de Truculandia, en la que ocurrió nuestro relato, no necesita el mar para ser pequeña. Vista desde el espacio, solo logra verse un minúsculo puntito verde, parecido a un guisante, y solamente en los días más despejados. Pero eso no es impedimento para que, en este lugar, bastante apartado del resto del mundo y muy lejos de cualquier otra parte, pudiesen llegar a suceder historias tan apasionantes como las que a continuación os vamos a contar.

Aun siendo pequeña, en la isla de Truculandia existen “dos poblados” con personas, un río con agua, unos campos con frutos, un bosque con árboles y una colina con un volcán (que no era volcán), y en la que habitaba un anciano, mezcla entre científico e inventor, con apariencia de mago y un poco chiflado.

Eran pocos los habitantes de la isla que lograban sobrepasar el metro y medio de altura. Es decir, la mayoría eran más bien bajitos. Bajitos y cabezones, pero no porque tuviesen grande la cabeza, sino porque eran muy testarudos.

Por el contrario, y quizá para compensar su baja estatura, solían tener una esperanza de vida muy elevada. Estaba comprobado que, algunos de los habitantes de la isla lograban vivir hasta 170 años. A lo largo del tiempo, varios habitantes de Truculandia lo habían conseguido

Los dos poblados, o tribus, aparte de estar separados por un rio, también lo estaban por la manera tan diferente que tenían de pensar sus habitantes. Si los de la tribu de la derecha decían que algo era blanco, los de la izquierda se apresuraban en contestar que era negro. Si unos decían arriba, los otros opinaban que abajo. Si unos querían ajos, los otros preferían cebollas. Y de esta manera, era muy difícil ponerse de acuerdo en algo.

Pero, por si todo esto fuese poco, todavía había otro motivo que los hacía totalmente diferentes a unos de otros. Los habitantes del poblado situado en la parte oeste de río tenían la piel amarilla, mientras que los del poblado situado en la parte este, tenían la piel de color azulada.

Y claro, con tanta diferencia de gustos, de opiniones, de sabores, de costumbres y hasta de colores, no había forma humana de que, entre ellos, pudiese llegar a reinar la calma y el sosiego.

Tanto es así que, sobre el río que separaba los dos pueblos, había un puente “de quita y pon”. Igual estaba que no estaba. Me explico. Cuando la relación entre los habitantes de ambos poblados era buena, había puente. Cuando comenzaban a discutir y veían que allí se iba a armar la marimorena, desmontaban el puente de madera, pieza a pieza, y lo retiraban. Cada mes, ponían y quitaban el puente de tres a seis veces, puesto que, rara era la semana que no había alguna discusión ente los habitantes de ambos poblados.

De hecho, existía un pequeño grupo de personas en la isla que permanecían siempre ocupadas quitando y poniendo el puente, eran los miembros de la brigada Quitaypón.

Había veces en las que, aprovechando la oscuridad de una noche sin luna, algunos habitantes de la tribu Amarilla, hurtaban diversos productos del campo a los habitantes de la tribu Azul. A la mañana siguiente, la brigada Quitaypón, tenía que emplearse a fondo para retirar el puente y evitar que se produjesen nuevos saqueos.

Pocos días más tarde, los hombres del Poblado Amarillo, decidieron obsequiar a sus vecinos regalándoles ocho sacos de patatas, en señal de disculpa por el reciente hurto de cebollas y guisantes. Y ahí tienes, a los Quitaypón, colocando el dichoso puente por enésima vez en los últimos quince días.

―¡Hasta la coronilla estoy de tanto poner y quitar el puente! ―dijo un Quitaypón.

―Calla y no protestes ―respondió otro―. Mientras ellos discuten y luego se arrepienten, a nosotros no nos va a faltar trabajo quitando y colocando el puente.

―Pues tienes razón. ¡Vale, no he dicho nada!

Y todos se pusieron manos a la obra. Troncos, maderas, clavos y martillazos volvieron a sonar sobre el cauce del río.

Resultaba curioso que, aunque en ambas tribus se cultivaban tomates, sólo los utilizaban como adorno en las calles del poblado. Ni los hombres Amarillos ni los Azules los comían, porque estaban convencidos de que, con el primer bocado que les diesen, se convertirían en hombres Rojos y serían rechazados por el resto de sus vecinos. Los habitantes de Truculandia eran tan supersticiosos que no se atrevían a hacer nada por temor a que pudiese ocurrirles alguna desdicha.

Hacia el lado norte de la isla, entre el mar y la colina, había un bosque, muy poblado de pinos, carrascas y arbustos, en el que nunca, los hombres Amarillos y Azules, se habían atrevido a entrar por temor a una vieja leyenda que decía que, quienes se adentrasen en la oscuridad del bosque, saldrían con el cuerpo cubierto de pelo y… ¡con cuernos y rabo! Igual que los horribles y tenebrosos animales que solían vivir en su interior.

La mayoría de personas de Truculandia estaban convencidas de que esta leyenda era cierta, porque todos los animales que veían merodeando el bosque llevaban pelo, cuernos y rabo. El bosque era un lugar oscuro, donde apenas llegaban los rayos del sol. Además, los habitantes de la tribu Amarilla estaban convencidos de que se trataba de un lugar misterioso y embrujado.

Los Azules decían que eso solamente eran tonterías. Que a nadie le podía salir pelo, cuernos y rabo, simplemente por entrar en el bosque. Pero, también ellos, procuraban mantenerse alejados de ese lugar… ¡por si acaso!

 

2. Del aburrimiento a las discusiones… un paso

Cada poblado tenía su jefe. El del Poblado Amarillo se llamaba Gredel, un auténtico especialista en montar líos, de los cuales, luego, nunca sabía salir. El jefe del Poblado Azul era Shunil, algo más sensato y responsable a la hora de enfrentarse a los problemas.

Cuando se producían discusiones entre ambas tribus, casi siempre solía ser por culpa de los hombres Amarillos. Les gustaba poco trabajar, y dedicaban, casi todo el tiempo libre que tenían, a pensar en cómo podrían fastidiar a los habitantes del pueblo vecino.

En los calurosos meses de verano, en los que apenas llovía, el agua del rio escaseaba y no había suficiente caudal para regar todos los campos de cultivo. Era entonces cuando los hombres de la tribu Amarilla, sin que les viesen, hacían unas acequias subterráneas para aprovecharse de la poca agua que bajaba por el río. Y como todos los veranos ocurría lo mismo, los hombres del Poblado Azul intentaban convencerles para que dejasen de quitarles el agua.

―Nosotros no hemos hecho nada. Siempre nos acusáis de lo mismo ―dijo Gredel.

―Hemos comprobado que desviáis el agua a través de una acequia oculta ―contestó Shunil.

―Eso es falso. Y no vamos a tolerar más calumnias ―replicó Gredel poniendo cara de estar muy, pero que muy enfadado.

Entonces, Gredel, gritando como un energúmeno, llamaba a los habitantes de su poblado para enfrentarse a los hombres de la tribu vecina, puesto que se había sentido humillado.

Decenas de personas, solían acudir, (aunque no con muchas ganas), a la llamada de Gredel. Salían de sus cabañas dispuestos a enfrentarse a los habitantes del Poblado Azul, y aunque Shunil y los suyos no eran partidarios de la violencia, tenían que participar en la pelea, aunque fuese solamente para defenderse.

Resulta curioso que, ninguno de los dos bandos, utilizaba armas para el combate. No valían espadas, lanzas, cuchillos ni puñales. Con las manos era más que suficiente. Tampoco podían darse tortazos, puñetazos, coscorrones ni soplamocos. Las luchas entre los habitantes de Truculandia, en verdad, eran muy extrañas.

Los hombres Amarillos se limitaban a coger y tirar de la oreja a sus enemigos de la tribu Azul. Pero las normas y el reglamento de combate de los habitantes de la isla, establecía que, únicamente, se podía atacar a los de la tribu Azul, tirándoles de su oreja izquierda. Repito: ¡única y exclusivamente de su oreja izquierda! Quien tirase a su enemigo de la oreja derecha quedaría automáticamente descalificado y tendría que abandonar la lucha, volver cabizbajo a su casa, y permanecer dos días meditando en el rincón de pensar. Los Azules, por su lado, se defendían agarrando y retorciendo, con fuerza, las narices de sus agresores.

Por este motivo, los hombres Amarillos solían tener la nariz algo más torcida de lo corriente. Mientras que los de la tribu Azul, como podéis suponer, tenían la oreja izquierda más larga de lo normal. Eran las terribles secuelas que quedaban en ellos tras sus crueles enfrentamientos en combate.

 

3. La colina de Darko

 

En el centro norte de la isla, existía una elevada colina, semejante a un volcán. Allí habitaba, como si de un ermitaño se tratase, uno de los personajes más curiosos de nuestro relato. Su nombre era Darko, y siempre iba vestido con una túnica de color… ¡bueno!, de un color raro parecido al gris, y un gorro de pico semejante al de un mago. Además de ser el hombre más viejo de Truculandia, era también el más inteligente y despistado de la isla, a partes iguales. Aunque algunos le tenían como chiflado, por sus raros inventos y extrañas ocurrencias, justo es que os diga, que era el personaje más bondadoso de la isla.

Darko era, también, un hombre bastante alto. A las todas las personas les despertaba la curiosidad su altura.

Él solía contar que, de pequeño, los niños de la isla solían jugar a tener riñas entre ellos, organizando luchas y capturando prisioneros. El bando que más prisioneros conseguía hacer era el que acababa ganando el juego.

En cierta ocasión, fue capturado Darko, y no había forma de que lo soltaran. Sus compañeros, al verle en peligro, acudieron en su ayuda. Los enemigos arrastraban a Darko tirando fuertemente de sus piernas y pies. Sus amigos, para evitar que se lo llevaran, lo cogían de los brazos, las manos y hasta ¡de la cabeza! Cada uno por su lado, no paraban de estirar. Nadie encontraba el momento de dejarle en paz. Casi toda la tarde la pasaron así, dándole uno y mil tirones al pobre Darko. Sólo cuando comenzó a anochecer decidieron detener el juego y volver cada uno a su casa.

Al día siguiente, al despertarse, Darko notó que sus pies le sobresalían de la cama. Parecía que su cuerpo, con tanto estirón recibido, se había alargado como si fuese de goma. Al levantase se dio cuenta de que veía el suelo como más alejado de su cabeza. Estaba claro, había crecido.

Su padre, al verle, no se sorprendió lo más mínimo, porque como a Darko le ocurrían tantas cosas raras, esta no dejaba de ser una más.

―¡Vaya, mi niño, que crecidito se ha levantado hoy! ―se limitó a decir su madre cuando lo vio. Y nadie le dio más importancia al asunto.

Esta es la explicación que daba Darko a todo aquel que le preguntaba por su altura, aunque hay que reconocer que, a veces, Darko se inventaba unas historias muy, pero que muy curiosas, y esta podría ser perfectamente una de ellas.

Pero lo que más le gustaba a Darko era experimentar. Mezclar sustancias y pócimas que, a veces, llegaban a producir potentes explosiones y una oscura humareda que se elevaba por la cima de la colina, formando una imagen parecida a la erupción de un volcán. Por este motivo, el cuerpo de Darko, al igual que su túnica, eran de color gris, de tantas veces que había estado envuelto en humo.

Cuando Darko notaba que un experimento se le estaba yendo de las manos, salía corriendo a refugiarse en algún lugar seguro. Era entonces cuando solía gritar con todas sus fuerzas: ¡ESPÁRRAGOOOS! Esta palabra era la señal de alarma para que todos los habitantes del valle corrieran a ponerse a salvo porque, en cuestión de segundos, se podía producir una “terrible” explosión, y lo cierto es que, siempre, acababa sucediendo.

 

―¡Espárragos! ¡Espárragos! ―respondían los habitantes de la isla.

―¡Cuerpo a tierra! ―decían algunos, con cierta guasa.

―¡Sálvese quien pueda! ―gritaban otros, mientas trataban de fingir una huida precipitada.

 

Estaban todos los habitantes de Truculandia tan acostumbrados a las explosiones, que no se sorprendían ya, ni lo más mínimo. Más bien, todo lo contrario. Aquello se convertía en una auténtica fiesta. Todos echaban de menos las explosiones cuando tardaban en producirse. Lo que temían es que, alguno de estos peligrosos experimentos, se le fuese de la mano a Darko y acabase, el pobre hombre, volando por los aires, y convertido en trozos tan pequeños, que resultase luego imposible poder recomponerlo.

Fueron muchos los experimentos realizados; las mezclas, las pócimas y los fracasos. Pero como todo esfuerzo merece obtener su recompensa, llegó un día en el que Darko, al fin, sonrió feliz y orgulloso. ¡Había logrado descubrir la pólvora!, una especie de polvo explosivo, de color gris, con el que le gustaba experimentar, causando sus célebres y escandalosas explosiones. Lo que él nunca llegó a saber es que, la pólvora ya la habían inventado los chinos, muchos siglos antes que él. Esa fue, una de las ventajas de vivir en un lugar tan apartado del resto de habitantes del mundo.

     Consigue el relato completo en:  leafar1600@hotmail.com

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Published on e-Stories.org on 25.06.2024.

 
 

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