Marc Dourojeanni

Aventuras domésticas en Brasilia

Las casas de Brasilia no están hechas para operar sin empleados domésticos. Son petulantemente grandes y, habida cuenta de varias de plagas que asolan la ciudad -polvareda roja, cenizas frescas, hordas de termitas voladoras- requieren de un enorme esfuerzo de limpieza, acrecentado por los errores de diseño y las fallas de construcción que, acogen amistosamente el agua de lluvia, el polvo y las cenizas o que brindan refugio cordial a toda clase de alimañas. Es así como los vecinos de los barrios más o menos elegantes tienen, en general dos empleados domésticos, frecuentemente una mujer para trabajos en el interior y un hombre para cuidar de los exteriores. Pero todas las combinaciones son posibles.

Habiendo constatado que nuestra casa no era la excepción, procuramos una pareja para ayudarnos... y tuvimos tres parejas y una empleada en apenas nueve meses. Con las parejas descubrimos que, por la ley de la compensación, no existen parejas que trabajen parejo. O el hombre trabaja mucho mientras que la compañera dormita o la mujer hace todo mientras que el hombre fuma filosóficamente y cuenta historias sobre sus glorias pasadas o, como vamos a explicar, se dedica a cosas más arriesgadas. Entre los tipos de empleados y empleadas domésticas tuvimos los siguientes caracteres básicos: una "fanática mística de la limpieza", un "playboy pobre", un "vaquero bien local", una "campeona de la abulia", una "pobre coitada", una "cucaracha sifilítica" y, un "macho oprimido".

Hay características comunes a todos los empleados domésticos que hemos tenido hasta ahora: ninguno/a ha sido ladrón/a en serio; todos piden aumentos de sueldo colosales antes de terminar el primer mes de trabajo a pesar de pagárseles salarios muy altos para el estándar del barrio; todos piden que se les regale algo, desde cigarros hasta obras de arte; todos son increíblemente desperdiciadores o malgastadores; todos tienen la misma idea brillante de ir a regar las plantas debajo de la ventana del dormitorio o del baño cuando los patrones están ocupados allí y; a todos se les acaba el dinero de la quincena en los primeros dos o tres días.

De los siete caracteres arriba indicados seis eran fumadores rabiosos. De esos que mientras limpian van dejando caer cenizas por doquier y que arrojan las colillas en cualquier lugar. Así, poco a poco, el jardín y el patio se fueron llenando de colillas, descaradamente a la vista en el jardín y cuidadosamente escondidas detrás de las puertas en el patio. En una casa donde todos los ocupantes fuman, lo que menos se desea es que los empleados domésticos fumen más que los patrones y de modo igualmente ostensible. Además, las reservas de cigarrillos se acaban muy rápidamente. De los siete personajes, a cinco no se les pasó por la cabeza que se les pagaba para trabajar, en especial para mantener limpia la casa, lo que siempre hicieron a contrapelo y muy mal. De los siete, sólo una sabía cocinar. Los demás, en el mejor de los casos sabían hacer arroz y frejoles y, también, transformar carne de primera en un objeto negro y duro, después de dejarla reposar por horas en litros de aceite hirviendo. De los siete, todos eran verdaderos ases del desperdicio. Ellos, al menor descuido, tiraban a la basura sobras de comida buena o, guardaban los restos en cajitas que luego, por supuesto, olvidan en el refrigerador hasta que, realmente, ni los perros pueden comerla. Bolsas de basura son sacadas de los basureros y tiradas a una basurero mayor cada mañana, sin considerar si dichas bolsas están medio vacías o hasta completamente vacíos; detergentes y productos de limpieza desaparecen como por arte de magia hasta ver a la lavadora echando espuma por todos lados; la limpieza de muebles con aceite de "guariroba" -un aceite para conservar muebles de madera- representa un peligro grave pues los muebles son literalmente bañados con ese producto de tal modo que al menor roce la ropa queda inservible. Pero esos son sólo ejemplos, podría sumarse sin respiro: luces que nunca apagan, torneras de agua abiertas por horas, mangueras olvidadas en el jardín al que inundan, televisión y radio encendidas sin sosiego y sin que las vean o escuchen, sin contar aquellos que gustan dormirse arrullados por esos sonidos; abrir envases antes de consumir los productos contenidos en los que ya están abiertos, hacer café que nadie va a beber, hacer el café tan negro que parece y sabe a tinta de calamar, etc., etc.

El fanatismo por la limpieza absoluta

Pero al margen de lo que son los denominadores comunes, vale la pena describir algunos de los tipos psicológicos que identificamos antes. Dijimos que la mayor parte detesta el trabajo para el que son pagados, es decir mantener la casa limpia. Pero dos mujeres (la "fanática mística" y la "cucaracha sifilítica") resultaron diametralmente diferentes al resto y, muy al contrario, demostraron tal obsesión por el orden y la limpieza que crearon otro tipo de problemas. En efecto, qué decir si todas las mañanas se enfrenta la confusión creada por el hecho de que ningún objeto está donde se acostumbra a dejarlos. Bueno, se devuelven a su sitio, pero, al día siguiente, la ofuscación crecerá porqué, otra vez, el orden de las cosas habrá sido decidido arbitrariamente por la susodicha. Y de nada sirve explicar, ordenar o rogar... el resto de los días con esa empleada comenzará con la misma bronca por el mismo motivo. El razonamiento de esas mujeres horada la roca y para sobrevivir hay que plegarse y aceptar el orden impuesto. Pero no son sólo los objetos del baño, sino los libros, los documentos, la radio, el computador, el espejo y creo, que hasta el contenido de los cajones. El tema de la limpieza es aún mayor. Un buen día la "cucaracha sifilítica" decidió meter en la máquina de lavar los cojines de grueso plástico de los muebles del jardín. En otra ocasión, levantó el mantel usado en el almuerzo olvidando dentro los cubiertos y… todo fue a parar dentro de la lavadora. Otra vez, lavó las alfombras en la máquina de lavar que, esa vez, abrumada, reventó de vez.

Ellas deciden qué deben lavar y cuándo. Es así como toallas usadas una vez pueden aparecer secando en el patio o camisas que uno tiró del cajón, pero decidió no usar, es decir indiscutiblemente limpias, también van a parar en la máquina de lavar. Medias lavadas a mano por el dueño de casa son descolgadas y vuelven a ser lavadas por esas fanáticas. Con ellas debía esconder, literalmente, lo que no era necesario lavar, como mi trusa para nadar en la piscina. Peor aún es cuando deciden que van a hacer una "gran limpieza" en alguna parte de la casa y si esa parte, por coincidencia, es el taller u escritorio puede uno empezar a rezar. En persecución de un átomo de polvo son capaces de echar un balde de agua o un litro de pulidor encima de un computador, un teléfono o una impresora, sin molestarse en desconectarlos... pero no hay cuidado, ellas sobrevivirían a cualquier descarga eléctrica. Es más, aparatos como los que sirven para hacer sándwiches o tostadoras de pan son metidas en el agua, enteramente, para asearlas. En el taller de pintura, ellas deciden si la mesa debe estar a la izquierda o la derecha y, si los pinceles deben estar sobre ella o sobre la mesada del lavatorio y, si las pinturas deben estar en el suelo en lugar de sobre la mesa y, si necesita o no de un plástico en el piso o, si necesita o no tener un cenicero o un tacho de basura. La única solución es decirles que no pongan un sólo pie en esos ámbitos. Pero eso no viene sin inconvenientes. En efecto, el lugar está condenado a ser irremediablemente sucio excepto que lo limpie uno mismo y, segundo, cada vez que a las seis de la mañana se escucha un ruido sospechoso cerca del sitio, se debe ir corriendo a ver si la obsesión limpiadora no les hizo olvidar la orden de no meterse. La obsesión limpiadora es como la antípoda de la ociosidad cochina de los demás, pero al final resulta igualmente incómoda. Hasta el presente no hemos descubierto el medio término.

Vanderlei o el "playboy pobre"

Un caso particularmente raro fue el de un camarada, de nombre Vanderlei ("playboy pobre") que un buen día se instaló en casa bajo buenos augurios, acompañado de la "pobre coitada" -que quiere decir la pobre afligida o cuitada- que hacía las veces de su mujer. Lo único en común entre esos dos personajes era que fumaban como locomotoras del siglo pasado. Él era alto, flaco y desgarbado, siempre despeinado y mal barbeado y, bastante feo, pero simpático y de incuestionable origen europeo, lo que en este país como en tantos otros de América Latina es un primer paso a la nobleza. Ella, en cambio, era bajita, entre redondeada y angulosa, muy morena de pelo tieso, sin cuello y nada agraciada por no decir irrestrictamente fea, excepto una sonrisa tristona que denotaba que no era mala persona. Él no era tonto, al contrario, y si hubiera sido educado quizá sería bien sucedido en la vida. Era muy curioso, de esos que se interesan por todo y saben hacer casi de todo, solo que casi todo a medias o mal y, para colmo, de una inconstancia suprema, es decir incapaz de hacer dos veces lo mismo, lo que es una virtud en las artes, pero una desgracia para quien es un empleado doméstico. Ella era más constante que él, algo más trabajadora, pero, eso sólo en términos relativos; en cambio ella parecía ser perfectamente estúpida. Ambos eran considerablemente sucios y adoraban vivir en la suciedad que contagiaban a la casa toda.

Vanderlei gustaba mucho de las herramientas y prueba de ellos es que él conservó algunas de las mías. Vanderlei usaba las herramientas en cuanta cosa mecánica o eléctrica veía, esté malograda o no y, como todo mecánico que además de aficionado es voluble, siempre le sobraban las piezas y lo que funcionaba bien o a medias dejaba invariablemente de funcionar. Los equipos que no funcionaban antes de que el las tocara, por cierto, que continúan sin funcionar, sólo que después el único remedio era comprarlos nuevos. Así fue como poco a poco nos quedamos sin máquina de podar el pasto, sin carretilla, sin las piezas claves de las bañeras que se ofreció a componer, sin mi perforadora a la que quemó, con buena parte de mis pinceles inservibles, etc. También hay que reconocer que consiguió componer algunas cosas, como el tubo de escape de un auto que, por lo menos, resistió en uso una semana más.

Un buen día percibimos que las llamadas telefónicas para el Señor Vanderlei aumentaban notoriamente y que él, en lugar de jugar con mis herramientas, estaba atento al teléfono. Fue entonces que compró un equipo de soldadura autógena y lo metió en casa y que nos preguntó, a medias, si podía hacer un trabajito en sus horas extras. No nos pareció mal y dimos nuestro consentimiento con la consabida sentencia de que eso no debería perturbar su servicio en casa. Es así como pocos días después, un sábado a la hora de la siesta, escuchamos un ruido infernal, de lata batida, que venía de nuestro propio jardín. Allí estaba, el Sr. Vanderlei, con un amigo que se había introducido por la cerca del jardín, golpeando latas y fierros para construir un portón para el garaje de algún vecino. Nos quedamos anonadados y le indicamos que nunca nos había pedido permiso para transformar nuestra residencia en un taller de mecánica para el barrio. El contesto muy tranquilamente que le habíamos dado permiso para trabajar fuera de servicio y que, a esa hora, siendo sábado, él estaba libre. Nos compadecimos y le permitimos continuar en el jardín, bajo juramento de que esa sería la última vez que usaría nuestra casa para sus propios "cachuelos". A todo eso, descubrimos que usando mis pinceles y mi pintura -yo me dedico a la pintura en ratos de ocio- el muy estimado Sr. Vanderlei había pintado rótulos, a todo color y llenos de faltas de ortografía, indicando nuestro teléfono y nuestra dirección para componer cualquier cosa de fierro, inclusive automóviles. Esos carteles estaban estratégicamente ubicados en la puerta de los negocios más concurridos del Lago Norte, como la panadería, la farmacia y el supermercado.

Por cierto, que le ordenamos, primeramente, borrar el teléfono, lo que sólo hizo en un rótulo que estaba en la mera esquina de nuestra cuadra y luego, constatando que había más rótulos con todas nuestras señas, que los que habíamos descubierto, le exigimos tirarlos todos. Por supuesto que no lo hizo, cabiéndonos la honrosa tarea de hacerlo nosotros mismos. Quizá aún exista alguno por allí. Fue en esos días que también descubrimos que el Sr. Vanderlei, que por lo visto era orgulloso, aprovechándose de su blancura, se hizo pasar en el barrio por sobrino de mi mujer y por ende, por primo de sus hijos. Y también, fue en esos días que el Sr. Vanderlei, que gastaba en el día hasta el último centavo de lo que ganaban él y su compañera y que, fuera de esos salarios, no tenía ni ropa para ponerse, decidió comprarse un automóvil, para lo que pidió prestado una suma cuantiosa -tres meses del salario combinado de ambos, que por entonces apenas venían trabajando dos meses- lo que fue cordial pero firmemente denegado.

Pues, apenas da para creer, poco después del episodio del portón en nuestro jardín, el Sr. Vanderlei compró un carro, un Fiat viejo. Claro que pocos días después descubrió que el motor estaba inservible y que tenía que cambiarlo. A todo eso resultaba evidente para nosotros que, habiendo comprado el carro a funcionarios mal encarados de la Dirección de Tránsito, se trataba de un vehículo robado o por lo menos de un vehículo indocumentado. Se lo dijimos pero no nos creyó. Pensó, tal vez, que se lo decíamos por envidia. Pues bien, otra vez sacando dinero no sabemos de dónde, el Sr. Vanderlei hizo poner un motor nuevo en su carro. Y ocurrieron dos cosas previsibles. Primero, el Sr. Vanderlei recibió un mensaje que le obligaba a viajar de emergencia, probablemente para que sus acreedores no lo ubiquen y, segundo, hasta donde creemos saber, el automóvil nunca le fue trasferido.

Habíamos invertido un tiempo considerable para explicarle, amigablemente, que una persona pobre debe ahorrar, para comprarse un terreno o montar un negocio, y que no precisa tener un automóvil para irse a pasear los fines de semana al centro de la ciudad. Él nunca explicó otro motivo para tener automóvil, y no hubiera podido hacerlo ya que, en Brasilia, los mecánicos, gasfiteros y electricistas individuales, tienen la buena costumbre de apostarse a lo largo de las avenidas transitadas, con un cartel indicando sus habilidades, donde son recogidos por los clientes que necesitan sus servicios. Le recordamos que el servicio de ómnibus es razonablemente bueno y que lo usan hasta los vecinos ricos del barrio. Pero nada lo convenció, él quería un automóvil propio y lo consiguió. Vale la pena mencionar que en más de una oportunidad el pidió un carro de la familia para salir de casa, lo que, en alguna ocasión, en claro exceso de bondad, le fue concedido, con el consabido abuso de uso que trasformó en horas lo que en principio eran minutos y en un tanque de gasolina vacío lo que debió ser algunas gotas de combustible.

El Sr. Vanderlei invertía ingentes sumas de dinero en loterías, bingos y otros juegos de azar. Religiosamente apostaba y religiosamente perdía, siempre responsabilizando a la "pobre coitada" de sus fracasos en las apuestas. Pues bien, a poco de que se auto-despidió simultáneamente con nuestra decisión de despedirlo, llegó un camión de la lotería trayendo para él un volumen respetable de premios, que incluía televisor y otros artefactos. Él se había ido, como es costumbre de los empleados domésticos, sin dejar seña alguna. Ironías de la vida. No se puede negar que "playboy pobre" y la "pobre coitada" nos dieron tres meses intensos e inolvidables. Pero en verdad preferimos no repetirlos.

La cucaracha ("barata") sifilítica

De todos los empleados domésticos de aquellos meses el caso más serio fue el de la mujer que, gracias a su apariencia, comportamiento y confesiones, apodamos "cucaracha sifilítica". Esta era también una fanática de la limpieza y, en ese aspecto, a pesar de sus abusos, debe reconocerse que trabajaba duramente... cuando trabajaba. El resto del tiempo se decretaba enferma y su nivel de hipocondría era tan elevado que sufría de tres a cuatro enfermedades por semana, con las consabidas visitas al médico. Sus enfermedades incluían absolutamente todo lo que existe en una enciclopedia médica de porte mediano y hasta problemas no registrados por la ciencia. Además, ella sentía todos los síntomas al mismo tiempo. Magra, angulosa, de piel oscura, entre negroide e india, joven pero fea y sobre todo antipática e insolente, dinámica y eléctrica y siempre mostrando todo lo que podía... que no era mucho, esa mujer sabia entretener un harem de machos en el barrio. Cada noche, volviendo de sus incontrolables correrías, contaba sin que nadie se lo pidiera ni le prestara atención, historias truculentas en que se mezclaban sexo, sangre, drogas y, casi siempre, policía. A veces traía consigo a un hijo que era normalmente criado por un supuesto exmarido, al que ella denunció a la policía por algún tipo de maltrato y lo dejaba encerrado en su dormitorio mientras ella salía a refrescarse con cerveza, que a veces compraba por cajas, con otras empleadas y con sus amigos, sentada en la acera en el frente de la casa. Los vecinos, que en su mayoría eran una banda de "cucufatos" que se reunían a rezar el rosario algunas veces por mes, nos detestaban por ese factor de perversión en la cuadra. La cucaracha, a la par que confesaba sin tortura que tenía sífilis, exhibía preservativos en la mesa de la cocina cuando llegaban los hijos de mi mujer y, cuando podía, robaba la marihuana que uno de ellos también fumaba.

¿Por qué la aguantábamos? Bueno, en realidad, no la soportábamos. Ella fue la sétima de la lista y ya no sabíamos qué hacer con los sucesivos problemas con los empleados. No podíamos darnos el lujo de despedirla sin tener reemplazo ya que una casa, en Brasilia, no puede quedar sola sin ser robada. Por entonces queríamos desesperadamente salir de la casa e ir a un departamento para no tener que depender tanto de empleados domésticos. Ella no quería trabajar en un apartamento ni salir del barrio de sus correrías y, así fue como de ella partió la iniciativa de irse. Hasta anunció en el diario su disponibilidad, haciendo el contrato por teléfono por cuenta nuestra, sin avisarnos por cierto... lo supimos cuando los interesados comenzaron a llamarla. Se le pagó todos sus derechos y hasta se le ofreció una generosa propina adicional. Olvidaba decir que la cucaracha, aunque escribía, no sabía sumar ni restar y que nunca quiso firmar un recibo por el salario ni, mucho menos, por los anticipos que solicitaba cada dos o tres días. Al cancelársele sus servicios tampoco firmó nada... y así fui como un buen día mi mujer fue notificada de haber sido enjuiciada por no pagar todos sus "derechos" a la cucaracha. En el Brasil es bien conocido que los juzgados de trabajo no se dan el trabajo de ver si el empleador tiene razón... las sentencias inequívocamente favorecen al empleado, en especial si son domésticos. Pero mi mujer, que si bien no cree en la justicia de su país si cree en su propia santa cólera, contrató un abogado y apeló la sentencia. Con seguridad que dentro de algunos años la "cucaracha sifilítica", si nadie la aplastó y sigue viva, va a recibir todo lo que pidió y algo más. Y así fue. Meses después, la “barata sifilítica” y su abogadillo de “boca de cárcel” tuvieron éxito total ya que el señor juez ordenó que se le pagara lo que reclamaba y más, y también los gastos de su abogado y del proceso.

Otros casos

Otras combinaciones extrañas fueron la del "vaquero" con la "reina de la abulia" y la de la "fanática de la limpieza total" con el "macho pisado". El "vaquero" era eso mismo, es decir un mozo de chacra, excelente para el trabajo pesado, en especial en el jardín, pero asimismo dentro de casa. Él tenía dos defectos principales: el hábito exasperante de no saludar ni contestar al saludo y, vivir a los pies de su mujer, una mocosa quinceañera, hija de la "favela" a la que, como a las jóvenes ricas de hoy, nunca nadie le enseñó a hacer nada, no teniendo tampoco ganas de aprender ni de hacer nada... excepto sexo. A cualquier hora del día la parejita de marras desaparecía, dejando las cosas por hacer, el arroz quemándose, el cartero llamando inútilmente o el agua goteando. Ella vivía, como es natural, cansada y él hacía lo que podía para reemplazarla en todos los menesteres. Cuando mi mujer llamaba a la fulana para darle algún recado, aparecía el "vaquero" en lugar de ella, lo que no siempre era apropiado. Pero eso resultó una rutina con los otros dos caballeros domésticos que tenían siempre una enorme solicitud por atender a mi mujer. Total... empleados domésticos o no, son brasileños. La otra pareja resultó, inicialmente muy agradable. Ella, alegre y trabajadora, un poco más educada que las demás, parecía ser ideal. El, persona mayor, reveló desde el inicio ser poco trabajador por iniciativa propia, pero, en cambio, obedecía ciegamente a su mujer, que no le daba mucha cuerda suelta, con lo que la cosa se compensaba. Hasta allí todo bien, pero las siguientes semanas fueron revelando otras cosas, bastante típica de gente abusivamente religiosa en el caso de ella. La señora se reveló una verdadera moralista, permanentemente haciendo críticas al comportamiento sexual y social de los hijos de mi mujer, que no es de aguantar pulgas; su obsesión por aumento de sueldo antes de demostrar merecerlo de un modo sostenido era asfixiante; su capacidad para cocinar se redujo a dos pares de platos, entre ellos los consabidos arroz y frejol y peor aún, no quería aprender a cocinar; también ella se reveló una hipocondriaca y, un constante martillar pidiendo cosas de regalo, llenaron el vaso de la paciencia que estalló, curiosamente, porqué su marido se dedicó ese día, una vez más, a patear cruelmente a "Pingüino", un perro que merecía ser pateado... pero ese es otro cuento.

 

 

 

 

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Published on e-Stories.org on 13.12.2018.

 

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